

Show business
Silencio. Los sacerdotes consultan a los dioses. Destripan un toro blanco, leen las entrañas. Y de golpe la música estalla, el estadio aúlla: sí, los dioses dicen sí, ellos también están locos de ganas de que la fiesta empiece de una buena vez.
Los gladiadores, los que van a morir, alzan sus armas hacia el palco del emperador. Son esclavos, o delincuentes condenados a muerte; pero algunos provienen de las escuelas donde se entrenan, largamente, para una breve vida profesional que durará hasta el día en que el emperador señale el suelo con el dedo pulgar.
Los rostros de los gladiadores más populares, pintados en camafeos, placas y cacharros, se venden como pan caliente en las gradas, mientras la multitud enloquece multiplicando apuestas y gritando insultos y ovaciones.
La función puede durar varios días. Los empresarios privados cobran las entradas, y a precios altos; pero a veces los políticos ofrecen, gratis, las matanzas. Entonces las gradas se cubren de pañuelos y pancartas que exhortan a votar por el candidato amigo del pueblo, el único que cumple lo que promete.
Circo de arena, sopa de sangre. Un cristiano llamado Telémaco mereció la santidad porque se arrojó a la arena y se interpuso entre dos gladiadores que estaban en pleno combate a muerte. El público lo hizo puré, acribillándolo a pedradas, por interrumpir el espectáculo.
Fuente: Espejos – Eduardo Galeano