Soy la última de la raza de Wollaston. Eran cinco tribus yaganas, cada una de distinta parte, pero dueñas de la misma palabra. Antes que caminara, recorrí con mi madre hasta el Cabo de Hornos, amarrada a su espalda. Ella partía conmigo cerro arriba para hacer campamento y comer unos pájaros que vuelan sobre el mar y contestan desde su nido en la tierra cuando una persona les silba.

Todos me conocen como Rosa, porque así me bautizaron los misioneros ingleses. Pero me llamo Lakutaia le kipa. Lakuta es el nombre de un pájaro y kipa quiere decir mujer. Cada yagán lleva el nombre del lugar en que nace y mi madre me trajo al mundo en Bahía Lakuta. Así es nuestra raza: somos nombrados según la tierra que nos recibe.

No sé cuándo nací. Tuvimos papeles, pero andando de un lado para otro, todos los perdimos. Eso sí, a nadie le faltó el bautizo de mister Williams en la misión de Tekenika. Allá había un asilo donde llevaban a todos los chicos, aunque tuvieran padre o madre. Mi mamá me contaba que a las mujeres les enseñaban a hilar y a tejer y que cuando el trabajo estaba malo les hacían sacar los puntos para que aprendieran bien.

Libro: Rosa Yagán – Patricia Stambuk M

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