La Ronda de Josie Bliss

¡Oh maligno!, ¿Qué perras lamen tus húmedos huesos fríos? ¿Quiénes son las ratas que asaltan tus trenes bajo las lluvias de tu Araucanía torrencial? ¿Por qué te alejas para ocultarte en los bosques de tus sueños sureños?

Los pies de Josie Bliss eran como dos morenas gotas de sudor que caían silenciosamente felinas sobre las alfombras que rodeaban el lecho de su amante. Sus largas piernas, como la daga que cargaba entre sus manos, eran finas y unduladas. Las flores con que adornaba su negra cabellera brillaban blancas como la luz de un farol en la oscuridad birmana. Pero en su alma, terribles adjetivos se acumulaban como temblores de tierra. Los dejaba ir contra el mosquitero que acorazaba a su amante. La rabia y las dudas hacían brillar el cuchillo contra la blanca gasa de su bata: O lo entierro yo esta noche en tu pecho o tú lo entierras junto al cocotero para que yo no lo encuentre mañana, se decía, casi muda de celos. —Sólo si mueres se acabarán mis temores.

Caminaba alrededor de la cama, clavando en el vacío la carne infinitamente amada sin llegar nunca a consumar su crimen. Cegado por el deseo y la angustia Neruda seguía esta ceremonia desde el lecho. El paroxismo salvaje de Josie Bliss lo ahogaba; pero una ternura irrefrenable lo retenía junto a ella.

¿De quiénes son las cartas, maligno, que hoy he quemado en mi cocina? ¿Con qué secretas mujeres te amancebas en mi ausencia? Sé que quieres irte entre las hojas de té que embarcas para tu país natal, se decía. —Y otra cuchillada, orinada de rabia y ceguera, se hundía en el aire. Cada golpe de cuchillo era un soplo de viento que entraba en el aposento, que frágil al comienzo, crecía arrebatado a medida que la rabia aceleraba su ira. El mosquitero se agitaba como las velas de una minúscula carabela y todo el navío se tambaleaba y crujía como un gordo bailarín. Con cada blasfemia se inflamaban más y más las velas y se aceleraba el andar del galeón que ya comenzaba a cruzar la habitación y se abría paso a través de los muebles de la sala, dejando una espumareda de libros derramados, candelabros. Finalmente, al frente de una estela de vajillas rotas, de sarogs vacíos y zapatos sin dueño, bamboleándo en un oleaje de celos y ansiedades, el lecho cruzó la puerta y saltó a la calle. La barca y su viudo capitán navegaron las calles de Rangún y se echaron a la mar hacia el golfo de Martabán. En algún lugar ya comenzaba a salir el sol; pero para Josie Bliss esa noche…, esa noche sería interminablemente penúltima.

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