

Besa sus pies
Juana dejó que la rabia la inundara, respiró hondo y permitió que la determinación guiara su escritura:
Cuando sor Cristina se alejó de Juan VIII, cargando la casulla y el fanón con que las investiduras de su cargo lo atormentaban durante las calurosas tardes del verano romano, Gabriele Vincenzi, el asistente de cámara tomó su lugar.
Los deberes de Vincenzi consistían en llevar su eminencia a la cama papal.
En el silencio que los abrazaba desde las paredes del aposento, el acto de liberarse de sus vestimentas no sólo desnudaba el cuerpo del papa, también lo devolvía a su nombre bautismal: Juana de Mentz.
Era entonces (cuando las últimas prendas lo abandonaban) que comenzaba el ajedrez que los desposaba. Era un juego mudo y cómplice. Flojamente Gabriele desanudaba el cíngulo de su cintura, luego el alba lenta. Sus dedos inexpertos buscaban la piel de Juana como las antenas de un caracol buscan su sendero. Mientras él se detenía a explorar, ella miraba su propio cuerpo en el espejo, los brazos abiertos, extendidos en el aire, Se ofrecía para él; pero también para ella. No lo miraba. Miraba el reflejo de sus propios ojos en el espejo. Deseaba sus manos, las de él; esos dedos. Le gustaba sentir su epidermis, la de ella, eruptando en invisibles contracciones mientras una sensación de vacío le llenaba el estómago. Resistía apenas el deseo de cerrar los brazos sobre su pecho y sentir en ellos el peso de sus senos aprisionados.
Esperó, viendo caer la túnica blanca interminablemente lenta hasta formar un nido a sus pies. Cuando Gabriele desató la tela que constreñía sus senos un leve golpe de redención liberó su carne como una presa que al abrirse deja libre el curso del río. El temblor de un hálito que bajó en un crescendo que casi la ahogó, desató en su vulva una suave vertiente casi murmurante.
Johana debió dejar en blanco la distancia desde el espejo al lecho. No pudo recordar cómo llegó, llegaron, hasta las sábanas de este otro reinado. Pero sí pudo revivir el abrazo en que sus piernas dejaron espacio para que el cuerpo de Gabriele se deslizara, también desnudo, buscando con olfato, con tacto, con la humedad de su lengua el centro en que se reclamaban sin nombres y sin títulos.
Tal como ahora Gabriele, pensó Johana, lo haría en otro lecho, mientras otra lo bebía, como ella lo había hecho en noches como esta. Los celos y la rabia ahogaron a la escriba. Guiada por la furia y el despecho, dejó su nombre inscrito en esta entrega. El nombre que no le arrancaron cuando le quitaron su hijo, la estola, la mitra, el báculo papal, era ahora público. Juana, la escribidora de cuentos prohibidos, sabía que así llegaría a las recámaras de sus lectores secretos para cumplir con la venganza que sus celos le imponían.
Aquí tenéis su nombre. Haced con su cuerpo lo que vuesas mercedes plazcan. Ya no es el cuerpo que fue mío. Podéis robarle el alma si la halláis… Redactó, con el corazón congelado, para terminar su cuento; pero esas líneas no iban con el estilo del género.