Más grandes que el amor

   Aquel otoño, la hija del quemador de cadáveres acababa de llegar a la edad de la pubertad. Ante el anuncio del acontecimiento, su padre se apresuró a cumplir la más sagrada misión encomendada a un padre indio: encontrarle un esposo. A decir verdad, los padres de Ananda pensaban en su boda desde su nacimiento. Con ese fin, su madre la había iniciado en todas las tareas domésticas, incluso las más penosas. Para ella no hubo ni juegos ni escuela, sino, únicamente, la vigilancia de sus hermanos, los trabajos del fregado y de la colada y, naturalmente, la recuperación de las joyas y de la madera en el Ganges.

   Varios caballeros llegaron en seguida a casa del Dom Rajá para mantener con él misteriosos conciliábulos. «Mi madre —dice Ananda— confirmó mis sospechas. Aquellos visitantes eran los enviados de la familia del marido al que me destinaba mi padre. Venían a discutir las condiciones financieras de mi matrimonio. Entre nosotros, en la India, esas conversaciones son arduas e interminables. Yo no conseguía oír lo que se decía bajo el gran ventilador de palas de la habitación en que mi padre y sus interlocutores se encerraban. Los tratos no debían de ser fáciles. Los frecuentes gritos traspasaban de vez en cuando las paredes».

   Un día, los visitantes se presentaron acompañados de un hombre con dhoti blanco que llevaba unos rollos de papel bajo el brazo. Era un joshi, un astrólogo que venía para estudiar con el padre de Ananda y con sus huéspedes las cartas del cielo para situar los planetas y decir si la conjunción de los astros cuando nació la niña era conciliable con la del muchacho que le habían elegido. Como el examen resultó positivo, el joshi indicó el día y la hora más propicios para la unión proyectada. Ananda no había tenido ni la oportunidad ni el derecho de exponer su opinión. Ni siquiera había entrevisto al que iba a convertirse en su esposo. Tal era la suerte de las muchachas indias.

Fuente: Más grandes que el amor – Dominique Lapierre

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