

Unos ratones y su verdugo
Cada uno de sus días comenzaba con una cita de amor. Apenas llegado a su angosto laboratorio de la Universidad de California, en Los Ángeles, el doctor Michael Gottlieb, treinta y dos años, un plácido gigante de cabellos rizados y bigote rubio, extrajo de su maletín las golosinas destinadas cada mañana a los compañeros que compartían desde hacía años sus esperanzas y sus frustraciones de investigador. Con gestos lentos, casi religiosamente, cortó las patatas en finas rodajas para ofrecérselas a sus ratones. Michael Gottlieb poseía más de doscientos cincuenta, todas hembras, todas oscuras y tan gordas que se las podría confundir con pequeñas ratas. Él las llamaba sus «princesas». Pertenecían a la aristocracia de la especie, el famoso linaje C3H, producto sin fallos de varias generaciones de selección genética: unos ratones tan inteligentes, tan cooperativos, tan fáciles de manipular que inspiraban amor y respeto.
Y, sin embargo, cada día, Michael Gottlieb martirizaba, mudaba, sacrificaba a algunos de aquellos atractivos mamíferos que eran objeto de sus tiernas atenciones matinales. Bombardeaba con rayos mortales su bazo, su médula, su timo, sus ganglios, esos órganos que, tanto en el ratón como en el hombre, fabrican o almacenan las células encargadas de proteger el cuerpo contra las agresiones exteriores. Esas células, llamadas glóbulos blancos o linfocitos, son los soldados guardianes del organismo. Se movilizan en cuanto aparece un agente extraño, no sólo si se trata de un microbio o un virus, sino también cuando se implanta un injerto para reemplazar un órgano que falla. Al infligir tales suplicios a sus ratones para destruir su sistema inmunitario, Michael Gottlieb trataba de descubrir la forma de neutralizar con seguridad en el hombre los fenómenos de rechazo que hacen todavía tan aleatorios los trasplantes de órganos.
Fuente: Más grandes que el amor – Dominique Lapierre