Camándula

   “Hermanas, entre las labores que las beatas de Las Rosas tomamos más a pecho, después de la oración y el recogimiento en la reflexión, se hallan la cobranza de la renta de los cuartos de los muros exteriores del convento de Las Carmelitas Descalzas y el rescate de mujeres descarriadas de los barrios de Santiago”. La voz de la beata rectora resonaba imperativa, pero ya la imaginación de Sofía María Antonia navegaba por otros barrios, por otros menesteres, lejos del beaterio donde había llegado para escapar del enlace que sus padres habían acordado con don Juan Andrés de Ustáriz y Cano. Miró hacia la calle como si fuera la última vez. Lo que de alguna manera era cierto. Hacerse beata la recogía a una vida de pobreza, castidad y obediencia. Sin embargo, esta decisión urgente había sido, quizás, el último acto de rebeldía de su vida.

   A los diecisiete años Sofía apenas conocía Santiago y mucho menos sabía de la vida. Pero había elegido el beaterio, porque le pareció mejor que la dictadura de su padre y que una vida junto a Juan Andrés, que la negoció con su familia de la misma manera como negociaba el ganado que vendían sus gañanes en la plaza principal.

   Por las mismas razones, prefirió pasar la noche en su nuevo hogar en vez de volver con su familia, como le estaba permitido a las beatas. El recogimiento a la hora de las vísperas y de las completas, las oraciones de la noche la llenaron de paz. Le permitieron casi olvidar. Olvidar que Juan Andrés había quedado atrás, definitivamente atrás. Casi olvidar que su noche nupcial había terminado en una ceremonia de la que ella no se hubiese creído capaz cuando el obispo le sacó a tirones el sí que la desposaba al hombre que había reflotado los negocios de su padre.

   Habían viajado en una pequeña caravana hasta el Valle Central, internándose entre cerros y algarrobos, quillayes y peumos para llegar, ya entrada la noche, directamente al cuarto de su marido. Un hombre del que apenas sabía algo más que su nombre. Entre cuatro velones, que con menguado entusiasmo marchitaban la oscuridad que la cercaba, Sofía María Antonia se aferraba al fatigoso rosario, que llevaba al cuello, como a un salvavidas.

   Fue el rosario, pesado como un ancla, el que interpuso frente a la figura de su marido que se le venía encima con los pantalones resbalando bajo sus rodillas. Fue en legítima defensa, le diría a su confesor, que le clavó el rosario entre las piernas a Juan. Que ella no sabía si fueron los padrenuestros o las avemarías las que estrangularon los testículos del hombre. Quizás fueron los misterios dolorosos. Ella no sabría decirlo.

   Sólo supo que debía recorrer peumos, quillayes y algarrobos para volver a Santiago para escapar de la hacienda que fue su casa por un día y que se sumergió en el beaterio para escapar de la casa que fue suya por todo lo que había sido hasta ese día su vida. Que la vida junto a las hermanas sería su cruz y su corona. Aparte de eso nada más tenía que decir.

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