

Vuelta a Maule
Cuando aún no existían los sistemas actuales para medir una distancia, Juan Rojas me pidió entrenar para correr un maratón. En Coronel existe un circuito que por años todos los atletas lo han recorrido, sabíamos la distancia aproximada, pero requeríamos más detalles de la dimensión del trazado.
Muy temprano partimos a medir el recorrido. Salimos del portón del Estadio Federico Schwager, con una huincha de 100 metros.
Llegamos al primer kilómetro, justo en el segundo poste de la luz que alumbraba la casa del cuidador de la Bomba, lugar donde se extraía el agua para la empresa carbonífera Schwager, por eso su nombre.
La primera vez que corrí desde el estadio, invitado por el Pato Fica, en ese entonces compañero de primero medio, llegué hasta este lugar y regresé a mi casa, no volví hasta tres años más tarde.
Continuamos huincha en mano, pasamos por el lado de la Cueva del Diablo, lugar de juegos de terror, escondite de tardes enteras. Seguimos el camino entre el cerro de la Cancha de Golf y el humedal de Maule. En el segundo kilómetro, justo donde con mi hermano sacábamos puntas de flecha y reliquias araucanas, al lado las primeras casas de Maule, era un choque social, aquellas casas de estilo inglés que alojaban a los empleados de la mina, con su orden señorial, los jardines, las flores, las tejas rojas, realmente imponían, continuamos la medición.
Tomamos el camino que va hacia la derecha, en dirección al cerro La Cal, otro lugar predilecto de juegos. Ya se podía ver el río, los pájaros y escuchar el estruendo de las olas. Terminando de bordear esa parte del cerro, la primera subida de unos treinta metros, para quedar frente al Golfo de Arauco y la Isla Santa María. Continuamos para llegar nuevamente a un grupo de casas de un piso, kilómetro tres, el siguiente metraje siempre estás acompañado por el mar.
Desde acá una bajada larga, hasta las casas principales de los jefes de la compañía. Llegas a una caleta de pescadores de Maule por el lado del mar, hacia el cerro, tres casas, deben haber sido de los gerentes por sus dimensiones, atrás de ellas, más hacia el cerro, la casa de huéspedes lugar de alojamiento de grandes personajes de la historia, princesas, presidentes, artistas, hoy casi destruida. El cuarto kilómetro se cumplía en el paradero de micros de la caleta.
La carrera continúa para pasar frente a la piscina de Maule, lugar destinado al esparcimiento de personal de la compañía, el año 70 se abrió para dar cursos de natación a la comunidad de Coronel, tuvimos la suerte de inscribirnos, llegábamos a las 8.30 de la mañana para aprender a nadar los cuatro estilos, nuestros ídolos acuáticos fueron el paco Montoya, Pichote Aedo y otros más, terminadas las clases, seguíamos las prácticas en el mar, donde no está permitido bañarse.
Seguimos para encontrarnos con la subida de la administración, acá los fuertes sacaban ventajas, una estatua de Federico Schwager mira el camino. Se inicia una bajada, al término de ella, una casa donde se pagaban los obreros, algunos días hacían filas juntos a sus esposas, ellas aseguraban que el sueldo llegara a casa para el pago de las cosas básicas y no terminara en el enjuague de las gargantas secas por las profundidades mineras.
El kilómetro cinco, justo en el segundo poste después de cruzar la línea del tren, si quedaban ganas, a correr la última subida, a mitad de ella, unas pequeñas casitas, donde la gente daba gracias por algún milagro, la virgen del boldo, algunas atletas igual antes de viajar iban a pedir por la salud y los buenos resultados de los viajantes.
Los últimos seiscientos cincuenta y tres metros, terminaba con una bajada, acá se entregaba todo, hasta llegar a la puerta principal.
Ese día nos quedó muy claro la distancia que medía la Vuelta a Maule.