

El cuidado de los gatos
El gato es un animal muy asustadizo. O lo finge. Se detiene de pronto, estático, grandes los ojos, silencioso hasta la exageración, la cola quieta. Y de repente salta y desaparece, pero no se va, nunca se va. En algún lugar, en algún rincón oscuro y no tan lejano estará espiando, inmóvil, durante una, dos, tres horas, sin apuro, sin urgencia.
Sólo el ruido de la cuchara contra el plato, recogiendo el caldo, pasando cuidadosamente sobre el borde para dejar algunas gotas rebalsadas, y la respiración siempre agitada de Anchetta. Antes comía con la radio a transistores al lado. Ya hace bastante. Seis años tal vez. Parece broma, pero un día se le terminaron las pilas y no sintió ganas de reponerlas. A veces leía el diario en la cena. Lo doblaba cuidadosamente en las noticias del exterior, lo apoyaba contra el sifón y lo sujetaba con el salero o el vaso. Ahora, simplemente come en el silencio de la pieza, amasando distraído con los dedos de su mano izquierda migas de pan hechas ya bolitas sucias. Sabe que él es una escena triste, en la luz amarilla de la pieza, el batón marrón de solapas desflecadas, el paso lento llevando el plato hasta la pieza. Pero nadie lo ve. Nadie puede sentir lástima por él. Él sabe que todo es apenas una suave espera hasta que aquél, su increíblemente frágil corazón, decida no soportar algún esfuerzo, alguna noticia, algún sobresalto.
El gato es un animal paciente. Puede estar atisbando encogido, tenso, durante horas. La cola entre los flancos, apenas moviéndose la punta, en un demorado ritmo de equilibrio. Algún imperceptible retrasarse de las orejas. Algún parpadeo que obture una milésima de segundo el brillo nacarado de las pupilas fijas, enormes, estudiosas. Acomodar los platos, repasándolos con el trapo. Dejar correr el agua en la taza y poner la taza luego sobre los platos. Sacudir la mano para despedir algunas gotas que corren veloces por los dedos. Secarse con la cortina que cubre el aparador e introducir luego la mano entre el batón y la camiseta de franela para que se entibie. Anchetta prende el velador de la mesa de luz y lentamente destapa el frasquito. Saca el algodón y lo coloca junto al portarretrato con la foto de Raquel. Derrama cuatro pastillitas sobre el mármol y selecciona una, idéntica a las demás. Vuelve hasta la pileta, llena una taza con agua y en dos sorbos traga la pastilla. Deja el vaso y se queda así, parado en el centro de la pieza, mirando sin ver la pared mal empapelada, dándose calor a una mano con la otra.
El gato es un animal calculador. Avanza dos milímetros sus patas de adelante, agacha apenas la cabeza. Apenas estira sus patas de atrás y la cola se alarga, se despega del flanco y timonea sobre la madera llena de pelusa. El cuerpo oscila el impulso y la caída. Los ojos muy abiertos y el salto ágil, las cuatro patas peludas y punzantes golpean, hieren, se enredan en la espalda, la nuca, el cabello de Anchetta.
Fuente: Los trenes matan a los autos – R. Fontanarrosa