Mujeres, el duro camino a los Juegos

   Las mujeres no pudieron estar presentes en los primeros Juegos Olímpicos de ninguna de las maneras: ni como atletas ni como espectadoras. La única autorizada a estar allí era la gran sacerdotisa de la diosa Deméter, que se sentaba en un lugar preferencial enfrente del cual se colocaban los jueces supremos de los juegos. El castigo para las mujeres que se saltaran la norma y se introdujeran en el estadio, bien como espectadoras o bien disfrazadas de hombre, era la pena de muerte. La excepción fue Callipateira, que entrenaba a su hijo Pisidoro y entró al recinto deportivo disfrazada de hombre, sentándose en el lugar reservado a los entrenadores. Cuando su hijo venció en la prueba de pugilato, fue tal la alegría que le produjo que se desprendió de su ropa y quedó en evidencia que no era un hombre. La ciudad de Ellis, autoridad política de Olimpia, la juzgó y sentenció a pena de muerte, pero Callipateira fue absuelta por su condición de hija de Diágoras de Rodas, uno de los más grandes campeones de pugilato, hermano de otros tres vencedores olímpicos —Damageto, Acusilao y Dorieo— y madre de otro campeón.

   Los estudios al respecto de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad señalan que, en los juegos de la 96ª Olimpiada, Cinisca, hija del rey de Esparta Archidamos II, fue la primera mujer en ganar una prueba olímpica. Resultó vencedora en la carrera de cuadrigas, en las que no se premiaba al auriga —aunque fue ella quien ejerció como tal— sino al propietario, en este caso propietaria, del carro y de los caballos.

   Las sociedades de Grecia y Roma consideraron innecesaria la educación física para las niñas. Únicamente en Esparta, y con el fin de tener cuerpos fuertes que engendraran bebés sanos, las muchachas recibían una formación acorde. Hasta el siglo II no se tuvo conocimiento de deporte femenino. Un viajero, Pausanias, escribió sobre los Juegos Hereos, en honor de Hera, la esposa de Zeus, pensados para mujeres jóvenes y solteras.

   Cada cuatro años tejen a Hera un peplo las dieciséis mujeres y ellas mismas convocan una competición, los Juegos Hereos. La competición consiste en una carrera para muchachas, no todas de la misma edad, sino que corren las primeras las más jóvenes y después de ellas las segundas en edad y las últimas las muchachas que son mayores. Y corren de la siguiente manera: llevan suelto el cabello y una túnica les llega un poco por encima de la rodilla y enseñan el hombro derecho hasta el pecho. También a ellas les está asignado para la competición el estadio olímpico, pero se les reduce para la carrera aproximadamente la sexta parte de él. A las vencedoras les conceden coronas de olivo y parte de la vaca sacrificada a Hera, y además les está permitido ofrendar estatuas con sus nombres inscritos en ellas. Y también hay mujeres que prestan ayuda a las dieciséis que dirigen estas competiciones. Los juegos de las doncellas también se remontan a la Antigüedad; dicen que, en agradecimiento a Hera por su matrimonio con Pélope, Hippodamia reunió a las dieciséis mujeres, y con ellas fue la primera en organizar los Juegos Hereos.

 

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