

La ambivalencia moral del Deporte
Esta condición bifronte del deporte ha sido reconocida por muchos autores, entre ellos por Aldous Huxley: “Como cualquier instrumento inventado por el hombre, el deporte puede utilizarse con buenos y malos propósitos. Bien aplicado puede enseñar resistencia y estimular un sentimiento de juego limpio y un respeto por las reglas, un esfuerzo coordinado y la subordinación de los intereses del grupo. Mal utilizado, puede incentivar la vanidad personal y la del grupo, el deseo codicioso de victoria y el odio a los rivales, un espíritu corporativo de intolerancia y un desdén por aquellas personas que se encuentran más allá de un cierto rol arbitrariamente seleccionado”.
El universo deportivo presenta una considerable plasticidad moral. En ocasiones la línea que separa el deporte benigno del dañino es muy difusa. Nos costaría saber hasta qué punto mejora o menoscaba nuestra vida, es una fuente de armonía o de inestabilidad, una afición benefactora o una adicción cercenadora. El deporte puede ser un canto a la vida, pero también puede conducirnos a aborrecerla y juzgarla indigna de ser vivida. De acuerdo con las palabras de Juvenal —mens sana in corpore sano—, puede formar parte de nuestra educación holística, pero también puede ser una expresión del culto al cuerpo, incluso contribuyendo a trastornos como la anorexia o la vigorexia. Bien implementado en los programas escolares, contribuye a que los alumnos desarrollen su personalidad (a nivel motriz, emocional, cognitivo o social) o mejoren su salud (física o mental). Mal aplicado, puede erosionar la salud física y mental de unos niños deportistas, cada vez más precoces. En este caso nos referimos a la explotación deportiva infantil, un fenómeno históricamente reciente. En todo momento el deporte debe ser un derecho, nunca una imposición que, precisamente, viole los derechos fundamentales de los niños.
El deporte puede transmitir valores, pero también contravalores. Esto significa que en todo momento deberemos orientarlo axiológica y educativamente. Sería iluso creer que el deporte infunde siempre y de la misma manera buenos frutos. Como ocurre con otras esferas humanas, es un arma de doble filo capaz de sacar lo mejor y lo peor del anthropos. Hacer del deporte una instancia educativa atañe a quienes estamos implicados en su devenir: participantes, padres, profesores, organismos deportivos, entrenadores, directivos, médicos, árbitros, políticos, periodistas y espectadores.
Fuente: Ética del Deporte