La Tregua – Mario Benedetti

Sábado 20 de julio

   Blanca me trajo el sobre. La carta dice así: Viejo: sé que querés hablar conmigo y de antemano conozco el tema. Me vas a predicar moral y hay dos razones por las que no puedo aceptar tu prédica. La primera que yo no tengo nada que reprocharme. La segunda que vos también tenés tu vida clandestina. Te he visto con la chiquilina esa que te ha enredado, y creo que estarás de acuerdo en que no es la mejor forma de guardar el debido respeto a la memoria de mamá. Pero allá vos con tu puritanismo unilateral. Como a mí no me gusta lo que hacés y a vos no te gusta lo que yo hago, lo mejor es desaparecer. Ergo: desaparezco. Tenés el campo libre. Soy mayor de edad, no te preocupes. Me imagino además que mi retirada te acercará más a mis hermanitos.

   Blanca lo sabe todo (por más informes, dirigíte a ella); a Esteban lo enteré yo, en la tarde de ayer, en su oficina. Para tu tranquilidad, debo confesarte que reaccionó como todo un machito y me dejó un ojo negro. El que aún tengo abierto me alcanza para ver el futuro (no es tan malo, ya verás) y dirigir la última mirada a mi simpática familia, tan pulcra, tan formal.    Saludos, Jaime. Le alcancé el papel a Blanca. Lo leyó detenidamente y dijo: Ya se llevó sus cosas. Esta mañana. Estaba pálida cuando agregó: Y lo de la mujer, ¿es cierto? Es y no es, dije. Es cierto que mantengo un vínculo con una mujer, una muchacha casi. Vivo con ella. No es cierto, en cambio, que ello signifique una ofensa a tu madre. Me parece que tengo derecho a querer a alguien. Bueno, a esta muchacha la quiero. No me he casado con ella sólo porque no estoy seguro de que eso sea lo más conveniente. Tal vez esta última frase estaba de más. No sé bien. Ella tenía los labios apretados. Creo que vacilaba entre cierto atavismo filial y un sentido muy simple de lo humano. Pero ¿es buena?, preguntó, ansiosa. Sí, es buena, dije. Respiró aliviada; aún me tiene confianza.

   También yo respiré aliviado, al sentirme capaz de provocar esa confianza. Entonces obedecí a una repentina inspiración. ¿Es mucho pedirte que la conozcas? Yo misma te lo iba a pedir, dijo. No hice comentarios, pero el agradecimiento estaba en mi garganta.

 

  

  

  

 

 

 

 

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