

Más grandes que el amor – Dominique Lapierre
Siguiendo la tradición india, la casa de Ananda albergaba también a sus abuelos, a sus tíos y sus familias, en total una treintena de personas que vivían de los ingresos de las cremaciones. Para llegar a las numerosas habitaciones había que caminar por una maraña de escaleras y de patios interiores. Un antepasado lejano había hecho edificar en el centro de la terraza un templo familiar, tapizado de baldosas blancas y azules, dedicado al dios Rama. Su verja no se abría nunca. La familia del Dom Rajá sólo podía orar desde el exterior del santuario; en la India, los intocables tienen prohibido acercarse a los dioses. Solamente pueden hacer sonar la campana para advertirles de su presencia.
En uno de los patios vivía un chivo. Una vez al año, por la fiesta de Sayr Devi, una de las diosas de los intocables, el padre de Ananda le obligaba a luchar sin piedad con otros chivos. Si el animal salía vencedor, lo ofrecía en sacrificio a la divinidad. Los demás patios estaban atestados de trozos de bambú, que servían para la confección de literas mortuorias, y de leños de sándalo destinados a las cremaciones de los ricos. Porque el padre de Ananda debía proveer a todas las necesidades que exigían sus funciones. La venta del sándalo constituía un ingreso apreciable. Según la talla del difunto, había que contar entre siete y once mound de combustible, o sea, entre doscientos cincuenta y cuatrocientos kilos de madera, lo que representaba un gasto de unas cuatrocientas rupias, el equivalente de doscientos francos. Pocas personas disponían de tal suma. Las demás se entendían con el dom para una cremación reducida, y se esparcían en el Ganges los restos del cuerpo que no habían podido ser consumidos por falta de fuego suficiente.
El padre y los tíos de Ananda se relevaban por turnos en la custodia del fuego sacrificial. La empresa familiar trabajaba día y noche. Empleaba a una treintena de coolíes y de encargados de las piras, cuyas llamas no se apagaban nunca. El aumento ininterrumpido de la población india se traducía en una afluencia cada vez mayor de ancianos que, sintiendo el fin próximo, acudían a Benarés para morir allí. De ello resultaban frecuentes embotellamientos de cortejos fúnebres en la callejuela que conducía a la pequeña ventanilla municipal donde los parientes debían declarar obligatoriamente el estado civil del fallecido y la causa de su muerte. Esta actividad era fuente de riqueza para los numerosos tenderetes del recorrido, especializados en la venta de sudarios, de guirnaldas, de polvo de sándalo y otros artículos funerarios.
Algunas tiendas proponían suntuosas sedas bordadas con hilos de oro, lujo que sólo los ricos podían ofrecer a sus muertos. De vez en cuando, por encima de la multitud que se aglomeraba en la callejuela, se advertía una litera ornamentada con un dosel cubierto de flores. Un anciano vestido con una túnica de color naranja descansaba en ella en posición sedente. Los portadores marcaban el ritmo de sus mantras con golpes de gong. Estos difuntos no eran clientes del padre de Ananda. Eran sadhus, hombres santos ya liberados del ciclo de las reencarnaciones. Eran entregados al Ganges sin ser quemados.