

La escena más triste y tan hermosa – Floridor Pérez
He visto a un hombre arrodillarse sobre un prado. Jardinero que riega una flor subterránea no lleva regadera ni agua le falta como si fluyera de su propio ser. Estoy cerca de él, pero él está lejos de todos y de todo.
Y sin embargo habla ¿con quién habla este hombre qué no habla con nadie? Habla con alguien que fue él y ahora es solo parte de él y de la tierra: lo increpa, ruega, lo maldice, le golpea la cabeza con un por qué: ¿por qué/por qué /por qué/por qué?
Y no sabe ni yo ni nadie sabe qué decirle a ese hombre que una tarde -domingo en Concepción- riega su hija en un Parque, y le deja una flor y un caballito blanco de juguete para que vuelva a casa por la noche: caballito blanco llévame de aquí lévame a la cuna donde yo nací.
Y de noche la sueña: y en sueños se levanta y la cubre, porque llueve en el sur -ay, cómo llueve en su lecho de trébol- y yo sueño con él, lo sueño niño y en sueños se hace hombre y se arrodilla sobre un prado se dobla como herido a bala, pero no cae, se levanta -con todo el peso del dolor se alza- y en sueños le pregunto ¿cómo? ¿cómo? Y no sabe -ni yo- ni nadie lo sabe.