

Rosa Yagán – El último eslabón
Había un hombre en Tekenika que no quería recibir ni pantalones ni camisas. Dicen que rechazaba la ropa que entregaban en la misión porque le gustaba más andar pelado. Todos los demás andaban tapados y con zapatos; ya no se veían como en las fotos antiguas. Pero él, ¡nada! Era soltero y parece que no quería mujer. Se llamaba Malakamato, en yagán, porque habían nacido dos hermanos al mismo tiempo.
Cuando había nieve, partía al monte a cortar leña, así no más, pelado, como los antiguos, que vivían al natural, grandes y chicos, apenas con un cuero de nutria o de foca sobre la espalda. Y ahora tanto trapo y nos morimos más que antes.
El lugar donde estaba la misión es pantanoso, no es para gente enferma del pulmón, como yo. En invierno cae bastante nieve; por eso las mujeres se divertían haciendo bolas con las manos para corretearse. Era muy entretenido, decía mi madre. Cuando se juntaban en un rancho, inflaban el estómago de un popi y lo tiraban de un lado a otro como una pelota. Yo no alcancé a jugar así; ya nos estábamos terminando.
Los misioneros seguían trabajando con los que quedaban. No los conocí a todos, pero escuché hablar de ellos a mis paisanos. Mister Burleigh estuvo primero en una misión que los ingleses formaron en las islas Wollaston y después trabajó en Tekenika con toda su familia. Su hijo mayor es paisano mío porque nació en Lakutawaia. El pastor se fondeó en mi tierra. Dijeron que fue un accidente, pero nosotros sabemos la verdadera historia.
Cuando entregaba los víveres a los yaganes en un galpón de la misión de Tekenika, siempre llamaba al final a una bonita mujer viuda, porque gozaba con ella. Hasta que un día la hija de esa yagana entró en el galpón a buscar a mister Burleigh, porque lo necesitaban, y encontró a su madre con el misionero. El sintió tanta vergüenza que no quiso volver más a su casa. Subió a un bote, que se llamaba Corre, y salió mar afuera, a vela. Nunca más lo vieron: quedó fondeado en mi tierra.