

Yo guardaba en mi memoria el sermón que le había escuchado a un cura en una misa a la que había asistido varios años atrás en Montevideo. La frase del cura que había permanecido intacta en mí decía que -invocando un texto bíblico- habiéndose reunido os o más personas en nombre de Cristo, les sería concedido lo que se le pidiera. Por alguna razón aquello no lo olvidé. Y sucedió como el cura lo dijo.
Solamente el mero hecho de que nos enteráramos de que se había suspendido la búsqueda pudo destrozarnos. Sin embargo, el grupo dio vuelta la situación, a esa noticia dramática que pudo terminar con todas nuestras esperanzas la transformó y la convirtió en un hecho positivo. Nos dijimos, convencidos de que sería así, que entonces nosotros nos íbamos a encargar de salir de aquel infierno ¿Nosotros? ¿Con qué? No teníamos absolutamente nada. Con mocasines y ropa livianita, bien primaveral, ¿cómo podríamos soportar las temperaturas impresionantemente bajas? Juro que no sé cómo hicimos para resistir el frío. Yo, al cabo de los años, volví a aquel lugar en otra época, en marzo, cuando la temperatura es mucho más benigna. Y a pesar de que todo era más soportable, ya que habría a lo sumo dos grados bajo cero, y a pesar todavía de que llevaba ropa adecuada, que iba bien prevenido, apenas pude soportar el frío. Entonces, ¿cómo fue que con un pantalón de pana, con un buzo, con una campera de nylon y con medias que ni siquiera eran de lana, es decir, con nada, viví más de dos meses en medio de temperaturas de varias decenas de grados bajo cero? François, por ejemplo, pasó todo el tiempo sin una prenda de lana, vestido apenas con la camisa y el saco. Usamos alguna ropa de los muertos, pero tampoco nos sirvió de mucho, ya que nadie había llevado, ni puesta ni guardada en las valijas, prendas muy abrigadas. Hay una sola explicación posible para justificar que, a pesar de todo, hayamos resistido. La fe, la esperanza, el grupo, la convicción de que se podía.
La fuerza de los hechos nos ayudó además a poner en su debido lugar el verdadero valor de las cosas materiales. Yo había viajado con un saco de marca, nada menos que un “Pierre Cardin”, regalo de mi padre. Aquella prenda, preciosa para mí, la que tenía reservada para impactar a las chicas en Santiago de Chile, la partieron al medio como si fuera un trapo cualquiera para envolverle las piernas al Vasco Echavarren, quien estaba con heridas graves, realmente malherido, tanto que después de unos días moriría. Y confieso que aquello, en el primer momento, me dio mucha rabia. Es que yo era todavía el Carlitos Páez de Montevideo, me faltaba conocer al otro, al nuevo que debía descubrir para transformarme.