

La formación del mar y la atmósfera
Se especula que la primera atmósfera estaba formada por elementos ligeros, que venían incluidos en el «combo» de la nube cósmica primigenia, sobre todo helio e hidrógeno. El viento solar y el calor terrestre, sin embargo, se la habrían llevado universo adentro. Pasados los años, los gases volátiles del interior, algunos expelidos en enormes volúmenes por los primeros volcanes, formaron una segunda atmósfera, rica en gases de efecto invernadero, pero pobre en oxígeno: un infierno à la venusiana. Solo hace unos 2800 Ma, cuando la actividad bacteriana había adquirido proporciones planetarias, la atmósfera comenzó a adquirir la composición que hoy conocemos, y que le permitió a Torricelli afirmar con plena sensatez que, más que vivir sobre la superficie de la Tierra, vivimos en el fondo de un océano de aire.
Pero mejor tarde que nunca: para efectos de protección de radiación extraterrestre de alta energía —rayos solares ultravioleta, partículas cargadas, tormentas de rayos cósmicos— la atmósfera equivale a una muralla de concreto de 4,5 metros de grosor. El precio que debemos pagar a cambio es que la actividad de la atmósfera bombardea la Tierra con unos 44 rayos por segundo. Cada uno, con la capacidad de calentar el aire a su alrededor a unas tres veces la temperatura de la superficie del Sol. Considerando que ello le produce la muerte «solo» a unas 24 000 personas al año (cuatro veces más hombres que a mujeres), se trata de un trato muy favorable para el negocio de la vida. Y siempre puede abrigar la esperanza de que incluso si algún rayo lo alcanza su cuerpo se comportará como el de Roy Sullivan, guarda parques de Virginia, golpeado por siete hasta que su paciencia se agotó y acabó su vida con un suicidio.
El proceso de formación de los océanos comenzó en la tierna infancia del planeta. Quizás hace incluso 4400 Ma, gentileza de meteoritos cargados de hielo, y tal vez uno que otro cometa que colisionaron con este geoide recién llegado al barrio. Las azuladas fotos del planeta que nos son tan familiares, sin embargo, podrían llevarnos a sobreestimar el aporte extraterrestre: 1386 millones de km³ de agua suena generoso para haberla traído desde tan lejos, pero si la Tierra fuera del tamaño de una bola de baloncesto, toda el agua disponible cabría en una esfera de 2,6 centímetros de diámetro, y toda el agua dulce disponible en ríos y lagos la podríamos empacar en una esfera de 0,11 milímetros.
A esas alturas, los ánimos habían comenzado a apaciguarse en la alborotada superficie terrestre, y ya podía empezar a pensarse en desarrollar vida y todas esas cosas.
Fuente: Historia Universal Freak