

Miel
Fluido amarillento, muy dulce y viscoso producido por las abejas del género Apis, que ingieren el néctar de las flores y lo transforman en su estómago, combinándolo con sustancias ceríferas que poseen, y luego lo almacenan en los panales, donde el producto es deshidratado para su maduración
El hombre empezó a consumir miel hace miles de años, mucho antes del surgimiento de la escritura: se sabe que numerosas comunidades prehistóricas aprendieron a controlar, cultivar y explotar la producción de las abejas. La palabra proviene del latín mel, melis, que se derivó, a su vez, del vocablo griego mélissa y este, de la raíz indoeuropea melit todos ellos de idéntico significado: ‘miel’.
Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana (1611), nos ofrece esta curiosa explicación sobre la producción de la miel:
[…] la miel ordinaria (según lo da a entender Plinio) no es otra cosa sino un rocío del cielo que cae sobre las hojas de las hierbas y de los árboles, el cual las abejas desfloran, comen y lamen con muy grande apetito, a causa de su natural dulzor, y después de haberle alterado algún tanto en el vientre, sintiéndose muy hinchadas con él, por su demasiada abundancia, son constreñidas a vomitarle.
** Píldoras de lenguaje: ¿Cómo hacemos la concordancia para los números? He percibido que para los números encima de 200, hacemos la concordancia con el sustantivo. Por ejemplo, ¿yo debo decir doscientas treinta y dos ciudades o doscientos treinta y dos ciudades?
Respuesta: En efecto. Los números cardinales comprendidos entre doscientos y novecientos coinciden en género con su referente: doscientas treinta y dos ciudades, doscientos treinta y dos pueblos; ochocientos cuarenta y dos hombres, ochocientas cuarenta y dos mujeres; mil trescientos alumnos, miel trescientas alumnas; veinte mil quinientos un individuos, veinte mil quinientas una personas.
Fuente: Origen de las palabras Ricardo Soca