Horario de visitas

    Willy estaba en uno de esos barcitos americanos de la peatonal Córdoba cuando lo vio pasar a Tatalo. Primero pensó levantarse para ir a avisarle (era uno de esos bares sin mesas, donde hay que tomar café de parado o bien sentados sobre un taburete, acodados contra una especie de pupitre alto adosado a la pared vidriada que da a la calle), pero lo contuvo el hecho de que aún no había terminado el café ni su medialuna de grasa y que, además, probablemente lo encontrara en La Sede esa misma tarde. Sin embargo, Tatalo, que caminaba lento, erguido, corpulento y contento consigo mismo, se detuvo frente a un quiosco de revistas y se quedó ahí, contemplativo, observando alguna publicación como si le interesara leerla, como si alguna vez en su vida hubiese leído algo. «Es más —pensó Willy desde su apostadero vigilante—, creo que no sabe ni leer.»

    Para la gente de la Mesa de los Galanes, Tatalo había adquirido jerarquía de SAP («Siempre Al Pedo», decía Ricardo) y de allí su morosidad para pasar, para moverse, para mirar las revistas. Su presencia allí, cercana, inmóvil, indefensa casi, decidió finalmente a Willy, quien se acordó, por otra parte, que había pagado su café y su medialuna antes de consumirlas (como sucede en casi todos esos bares americanos) y que el dueño no podría interpretar su intempestivo abandono del local como un torpe intento de escaparse sin pagar. Salió entonces, eso sí, cuidando de poder custodiar desde la calle su impermeable y sus libros colocados sobre el pupitre, y con lo que restaba de la medialuna en alto, en la mano derecha. Ese gesto mínimo, esa actitud liberal de cruzar calle Córdoba en mangas de camisa y con una medialuna en la mano, como quien deambula por el living de su propia casa, lo hizo sentir una persona despreocupada y mundana que rompía con ciertas normas establecidas por una sociedad pacata, incorporando una soltura y desparpajo propias de algunos héroes del cine americano.

—¿Qué hacés, Tatalo? —le susurró casi en el oído, sobre su nuca, para que el otro se diera vuelta y lo mirara de arriba abajo, levemente sorprendido por el abordaje.

—¿Qué hace, muchacho? —contestó Tatalo, alegre de verlo después de todo y abandonando por completo el interés que lo había retenido frente a las revistas casi más de cinco minutos—. ¿Qué carajo andás haciendo con esa medialuna? —se rio (era de carácter festivo)—. ¿Andás pidiendo de morfar por los boliches como esos pendejos de la calle? Esperá, esperá —rebuscó aparatosamente en sus bolsillos—, esperá que tengo algunas monedas…

—No… —Willy señaló vagamente hacia el bar americano—. Es que no desayuné, y estaba ahí…

—Vamos, vamos si querés —se anotó enseguida Tatalo—. Tomamos un café, te acompaño…

—No, gracias, ya me iba… Salí porque te vi acá y quería avisarte algo… —¿Lo del Pitufo?

—¿Qué… del Pitufo? —frunció el ceño Willy, sorprendido al revertirse los papeles.

—Que ahora anda con un teléfono celular… —Tatalo se rio con una risa bronca que le sacudía todo el cuerpo—. ¿Me querés decir para qué mierda quiere ese enano un teléfono celular? ¿Para qué lo necesita?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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