

Dorando Pietri – Un trofeo para el descalificado
La maratón de los Juegos Olímpicos de Londres, en 1908, no fue una carrera normal. Uno de los motivos: la historia de Dorando Pietri.
Casi nadie se acuerda ya de él, pero hace más de cien años Pietri se convirtió en una estrella y fue uno de los primeros atletas en ganar dinero de forma profesional. Se trataba de un italiano pequeño y delgado (1,59 metros), el clásico fondista crecido en la pobreza y sin suficiente cuerpo para practicar otros deportes.
Con solo dieciocho años llamó por primera vez la atención en una carrera que se celebró en su ciudad al vencer a Pericle Pagliani, el atleta más famoso de Italia en aquel momento. La leyenda dice que no disponía de ropa deportiva y corrió con su mono de trabajo. Poco después, terminó segundo en una prueba de 3.000 metros que se celebró en Bolonia y por fin se convenció de que podría dedicarse en serio al atletismo.
En 1908, el italiano tenía varios rivales de gran nivel junto a él en la línea de salida de Londres. Tres de ellos, los británicos Jack, Price y Lord, tomaron la delantera en los primeros kilómetros, pero fueron cediendo terreno a medida que la carrera fue avanzando y el calor se hizo más intenso. Hacia la mitad del recorrido, Pietri se puso al frente junto al sudafricano Charles Hefferon, aunque este se despegó y llegó a tener una ventaja considerable. La situación requería una heroicidad, y el italiano estaba dispuesto a ella. Sacó todas las fuerzas que le quedaban y aumentó su ritmo de forma increíble entre los vítores del público inglés. Por delante, su rival daba ya muestras de cansancio.
En el kilómetro 39, a falta de unos tres kilómetros para la llegada, Pietri se colocó en primera posición, pero aun así no bajó el ritmo. Siguió apretando y aumentó su distancia, hasta que poco después algo falló. Pudo ser el calor, el sobreesfuerzo o, como se llegó a rumorear, un efecto del consumo de estricnina, pero lo cierto es que le abandonaron las fuerzas. Sucedió de repente y de golpe. Se le vio bajar los brazos, las piernas le empezaron a fallar y su cara mostró cada vez más cansancio.
A unos cinco metros de la línea de meta, volvió a perder el equilibrio mientas Hayes, por detrás, entraba en el estadio a buen ritmo. Varios jueces ayudaron a Pietri a levantarse y prácticamente le arrastraron hasta que cruzó la línea en primer lugar. Su tiempo final fue de 2 horas, 54 minutos y 46 segundos, pero había tardado unos diez minutos en recorrer el último kilómetro, lo que supone más o menos el mismo ritmo al que camina una persona en un estado de forma normal.
El público rugía de admiración hacia el italiano y se llegó a decir que la reina Alejandra, esposa de Eduardo VII, había llorado de emoción en el palco al verle terminar la carrera tambaleándose por el esfuerzo. Sin embargo, la delegación de Estados Unidos presentó una reclamación por considerar ilegal la ayuda que Pietri recibió para alcanzar la meta. Fue descalificado y la victoria fue para Hayes. Había perdido la carrera, pero lo que sucedió después fue probablemente mucho mejor que un título olímpico. Los ingleses, admirados ante su demostración de resistencia y voluntad, le convirtieron inmediatamente en un ídolo. La prensa sensacionalista encontró en él material para una buena historia y la Reina, atenta a los gustos populares, decidió premiarle. Le entregó un trofeo de plata como reconocimiento a su gesta, explicándole que se trataba de un obsequio «para que no se llevase solo malos recuerdos del país».
Fuente: Ahogados en la orilla