No logró nunca el Tour de Francia, pero sí consiguió que su apellido pasara a formar parte del lenguaje popular como sinónimo de eterno subcampeón. El ciclista francés Raymond Poulidor participó en catorce ediciones del Tour. Logró terminar en doce ocasiones y subió ocho veces al podio: tres como segundo y cinco como tercero. Su capacidad para rozar el triunfo fue extraordinaria y atravesó dos épocas: fue segundo detrás de Jacques Anquetil y de Eddy Merckx, los dos hombres que dominaron el ciclismo entre finales de los cincuenta y mediados de los setenta. Dos años después de que Merckx ganase su último Tour, un Poulidor al borde de los cuarenta años todavía tuvo tiempo de ser tercero en la edición de 1976.

    Hasta aquí, las espectaculares estadísticas de este hombre. Son tan increíbles que conviene empezar por ahí. Poulidor, sin embargo, no está en la historia del ciclismo solo por eso. Fue un deportista carismático y un luchador nato, que supo meterse a la afición en el bolsillo con su estilo atacante y su origen rural. Era el contrapunto perfecto a Anquetil, un gran campeón elegante, calculador en carrera, lleno de talento natural y con cierta fama de vividor.

    A comienzos de los sesenta, Anquetil y Poulidor dividieron a la afición francesa como nunca antes lo habían hecho dos deportistas. Era la Francia del general Charles de Gaulle, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y las revueltas de mayo del 68. Un país que comenzaba a salir adelante económicamente y vivía optimista entre sus tradiciones y los pequeños lujos que traía la modernidad, como el ciclismo por televisión.

Poulidor había nacido en el pequeño pueblo de Masbaraud-Merignat en 1936 y, después de tener que dejar los estudios a los catorce años, su destino era la vida del campo. Una de las pocas aficiones que podía disfrutar un joven como él eran las pruebas ciclistas locales, y fue en ellas donde Raymond empezó pronto a destacar. Su carrera como amateur fue interrumpida, sin embargo, por el servicio militar en la guerra de independencia de Argelia, donde sirvió durante algún tiempo como conductor.

    Ya de vuelta a Francia, retomó su carrera con mayor éxito aún que antes. Ganó varias carreras para aficionados con una facilidad enorme y, en 1959, recibió una oferta para fichar por el Mercier, uno de los grandes equipos profesionales del país. Desde sus primeras temporadas se vio que tenía cualidades de campeón. En 1961 ganó la clásica Milán-San Remo y, ya entonces, empezó a dudarse de su estilo en carrera. Se le achacaba un carácter demasiado ofensivo, excesivamente despreocupado por la estrategia y la administración de fuerzas. Por eso mismo, se convirtió muy pronto en uno de los favoritos de la afición. La historia del ciclismo está llena de casos así, pero, como pudo comprobarse con el paso de los años, nadie representaría mejor que él esta forma de correr aguerrida y romántica.

Fuente: Ahogados en la orilla.

       

   

  

  

  

  

  

  

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