En el anexo de la cárcel para adultos, Vergara Grey había mandado comprar gomina al guardia cuando se enteró de la amnistía. Al sacar del armario su traje Boss y probárselo, comprobó que hundiendo un poco la barriga podía cruzar el cinturón. Los cinco años de vida sedentaria en reclusión no lo habían damnificado tanto gracias a unos ejercicios yogas aprendidos en un remoto pasado marinero en Tailandia.

    Su brillante pelo gris remataba en dos patillas entrecanas que hacían perfecto juego con los gruesos bigotes serenos y autoritarios, y ante el espejo que el guardia sostenía, se aplicó algunos latigazos de peine sin dudar de que, a pesar del tiempo en cautiverio, la mirada profunda aún podría causarle vértigo a una mujer. Pero desechó esa coquetería de macho con un suspiro triste: él sólo amaba a su esposa Teresa Capriatti, y mucho temía que ella no quisiera ver a su esposo libre, pues no lo había visitado en la cárcel ni

siquiera para las Navidades. Tampoco el hijo de ambos había sido el más afectuoso ni el más frecuente. El muchacho se aparecía sólo los días de su aniversario, la última semana de diciembre, con una invariable agenda del próximo año, y tras escuetas conversaciones sobre la liga profesional de fútbol y la marcha de sus estudios secundarios, se retiraba con un apretón de manos esquivando el beso que Vergara Grey quería estamparle en el pómulo.

    Esta repentina amnistía que reducía a la mitad su condena era un regalo de Dios para reconquistar los afectos perdidos. Jamás volvería a delinquir, lo juraba ante Dios, la prensa y las autoridades del presidio, y con el dinero que su socio le adeudaba tras haberse callado la boca en los interrogatorios, llevaría una modesta vida honorable sin esquilmar a nadie y sin trabajarle un peso a persona alguna.

    Conocía a un par de influyentes directores de periódicos dedicados a la crónica roja y les suplicaría, como viejo amigo, que no siguieran haciendo ediciones especiales cada vez que se cumplía un aniversario de sus más espectaculares robos. Perfectamente podrían aceptar que en su nueva libertad quisiera mantener un bajo perfil, sólo así lograría recuperar a su familia, y lentamente su dignidad.

    Con un palmoteo en la espalda le agradeció al guardia que hubiera sostenido el espejo, y antes de pedirle que lo bajara, sonrió. Era el que quería ser. La sonrisa cálida, fraterna y viril, la luz secreta al fondo de los ojos, los pliegues intensos que dan el dolor y la soledad, y sobre todo las ganas, los deseos de vivir que en otros reclusos se habían licuado en indiferencia. El destino propio le resultaba a la larga tan anónimo como el de los otros.

    Echó una última mirada a los muros de la celda y pudo constatar que sólo dos imágenes permanecían sin desmontar: el calendario de la Virgen María con los días marcados por una equis roja hasta el 13 de junio y el afiche de Marilyn Monroe, abandonada con sus senos frutales sobre un manto de terciopelo. El calendario lo puso en la maleta, junto a su vestuario, y tras cerrarla extrajo de su saco una pluma fuente antigua y extendió a lo largo del cuerpo de Marilyn la siguiente dedicatoria: «Donado a mi sucesor por Nicolás Vergara Grey.»

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