

Rudolf Adler vivía angustiado. Sus temores habían comenzado unos años antes y aumentaron en la medida en que el poder de los nazis se fortaleció con el financiamiento y las armas de Hitler. Recurrían al terrorismo como arma política, aprovechando el descontento, especialmente de la juventud, por los problemas económicos, que se arrastraban desde la Gran Depresión de 1929, y el sentimiento de humillación que produjo la derrota de la Primera Guerra Mundial. En 1934 asesinaron al jefe de Gobierno, Dollfuss, en un fallido golpe de Estado, y desde entonces habían matado a ochocientas personas en diversos atentados. Amedrentaban a sus opositores, provocaban disturbios y amenazaban con una guerra civil. A comienzos de 1938 la situación de violencia interna era insostenible, mientras al otro lado de la frontera Alemania presionaba para convertir a Austria en una de sus provincias. A pesar de las concesiones que hizo el Gobierno ante las demandas alemanas, Hitler ordenó la invasión. El partido nazi austríaco había preparado el terreno y las tropas invasoras no sólo no encontraron ninguna resistencia, sino que fueron aclamadas por la mayor parte de la población. El Gobierno claudicó y dos días más tarde el mismo Hitler entró triunfante en Viena. Los nazis establecieron un control absoluto en el territorio. Toda oposición fue declarada ilegal. Las leyes germanas, el aparato de represión de la Gestapo y las SS, y el fanatismo antisemita entraron en vigor de inmediato.
Rudolf sabía que también Rachel, su mujer, quien antes había sido racional y práctica, sin la menor tendencia a imaginar desgracias, ahora estaba casi paralizada por la ansiedad y sólo funcionaba con ayuda de drogas. Ambos procuraban proteger la inocencia de su hijo Samuel, pero el niño, que iba a cumplir seis años, tenía la madurez de un adulto; observaba, escuchaba y entendía sin hacer preguntas. Al principio Rudolf medicaba a su mujer con los mismos tranquilizantes que les recetaba a algunos de sus pacientes, pero como le hacían cada vez menos efecto, reforzó el tratamiento con unas gotas poderosas, que conseguía en frascos oscuros sin etiqueta. Él las necesitaba tanto como ella, pero no podía tomarlas porque habrían interferido en su habilidad profesional.
Las gotas se las entregaba sigilosamente Peter Steiner, el dueño de la farmacia, que era su amigo desde hacía muchos años. Adler era el único médico a quien Steiner confiaba su salud y la de su familia; ningún decreto de las autoridades que prohibía las relaciones entre arios y judíos podía alterar la estima que los unía. En los últimos meses, sin embargo, Steiner debía evitarlo en público, porque no se podía permitir líos con el comité nazi del barrio. En el pasado habían jugado miles de partidas de póker y ajedrez, compartían libros y periódicos y solían ir de excursión a las montañas o a pescar para huir de las esposas, como decían entre risotadas, y en el caso de Steiner, escapar de su manada de hijos. Ahora Adler no participaba en los juegos de póker en la trastienda de Steiner. El farmacéutico recibía a Adler por la puerta trasera y le daba la droga sin anotarla en su contabilidad.