

Precisamente para aprender todavía más, Michael Gottlieb solicitó, en junio de 1980, una plaza de investigador y de clínico en la UCLA (la Universidad de California, en Los Ángeles), donde trabajaba uno de los especialistas en injertos de médula ósea, el joven profesor Robert Gale, el hombre que acudiría a ayudar a los soviéticos para intentar salvar a los irradiados del desastre nuclear de Chernobyl. En aquel otoño de 1980, los trabajos de los investigadores de la UCLA constituían un prestigioso polo de atracción. Sólo en el curso 1980-1981, unos seiscientos científicos compartieron allí un chorro de ciento treinta millones de dólares, mirífica subvención concedida para los trabajos referentes al cerebro, a los ojos, a las enfermedades cardiovasculares y a las enfermedades infantiles; para las investigaciones sobre los misterios del cáncer y de los desórdenes inmunológicos; para el perfeccionamiento de las técnicas de diagnóstico; pero también para toda una serie de trabajos que permiten a la química, a la informática y a la ciencia nuclear movilizarse con vistas a nuevos tratamientos revolucionarios. En aquel mismo otoño, dos investigadores de la UCLA habían intentado ya la primera experiencia de terapia genética en el hombre inyectando genes humanos a unos enfermos que padecían una anemia mortal. Y aquel mismo otoño, también, el equipo de Robert Gale anunció que sus trabajos sobre los injertos de médula ósea permitían una esperanza de vida que podía llegar hasta el sesenta por ciento en las leucemias hasta ayer fatales en casi la totalidad de las víctimas adultas.
Aquella mañana, después de haber distribuido en las jaulas sus rodajas de patata, Michael Gottlieb se disponía a someter a un lote de sus ratones a un nuevo episodio del programa de experiencias establecido por el profesor Gale, programa que preveía su sacrificio en una prueba de irradiación masiva después de practicarles la ablación del bazo. Interrogado sobre las sevicias que hacía sufrir a sus ratones, Gottlieb respondió: «La convicción de que estos sufrimientos servirán algún día al hombre, me ahorra estados de ánimo dolorosos».
Un golpe que sonó en la puerta iba a conceder a sus ratones una prórroga inesperada. Michael Gottlieb vio el rostro alegre de su colega Howard M. Schanker enmarcado en la puerta del minúsculo laboratorio. Howard Schanker, veintiséis años, interno en medicina, era también oriundo de la costa Este. Había obtenido una beca para asistir en la UCLA a un cursillo sobre el tratamiento de las alergias. Este cursillo, dirigido por Michael Gottlieb, incluía unos trabajos prácticos en los diferentes servicios del hospital de la Universidad, donde se trataba a algunos enfermos que padecían trastornos inmunitarios. No había otro como aquel neoyorquino para husmear por los seis pisos del enorme edificio con la esperanza de descubrir un mal que se saliese de lo común.