En los juegos de Helsinki 1952, la hípica dejó de ser una disciplina reservada exclusivamente a los militares y se permitió competir a civiles, entre ellos a cuatro mujeres, y la gimnasia femenina incluyó por primera vez una prueba por equipos y finales por aparatos. Llama la atención el acuerdo alcanzado por el COI en su 51 sesión de 1956 que daba luz verde a la propuesta sueca de que, en el caso de que una deportista se uniera en matrimonio con un extranjero, de seguir en activo, podría competir con carácter inmediato por el país de su marido.

    El caso más sonado fue el de la gran atleta checa Olga Fikotova, que tras la olimpiada de Melbourne se unió en matrimonio con el atleta norteamericano Harold Connolly y pasó a competir por Estados Unidos en las siguientes cuatro ediciones de los juegos (1960, 1964, 1968 y 1972). Su noviazgo olímpico, la posterior y compleja negociación diplomática, en plena Guerra Fría para que pudieran casarse, y su boda tuvieron una gran repercusión mediática y dieron como resultado el libro Anillos del destino, escrito por Olga, y del que Hollywood llegó a filmar una película. En 1973, el idilio acabó en divorcio.

    En los juegos de Tokio 1964 se produjo una importante novedad: el debut de un deporte de equipo, el voleibol, en el que se garantizaba la igualdad de género desde su incorporación a las olimpiadas. Finalmente, en plena expansión de las reivindicaciones de los derechos de la mujer a través del movimiento feminista, en los juegos de Ciudad de México 1968, Enriqueta Basilio se convirtió en la primera mujer en encender el pebetero olímpico. Con la presencia de algunas mujeres en las competiciones de tiro masculino, a finales de la década de 1960 el papel olímpico de la mujer se concretaba en ocho deportes, treinta y nueve pruebas —el 22,7%— y una cuota de participación del 14,4% (setecientas ochenta y una mujeres).

    En la década de 1970 se incorporaron nuevos deportes. En los juegos de Múnich 1972 regresó el tiro con arco, y en los de Montreal 1976 el remo, el baloncesto y el balonmano se abrieron también a las mujeres, con lo que se incrementó a once el número de deportes con presencia femenina, alcanzando el listón del 20% (1.260 mujeres). Finalmente, en los de Moscú 1980, el hockey, unificado en una sola federación, se convirtió en el cuarto deporte de equipo con torneo masculino y femenino. Para el fútbol y el waterpolo aún deberían pasar casi dos décadas más. El lento y progresivo avance olímpico de las mujeres completó en Moscú su tercera etapa con un 24% de pruebas y un 21,2% de participantes, cifra que pudo haber resultado algo mayor de no ser por los efectos negativos del boicot encabezado por Estados Unidos y secundado por sesenta países.

Fuente: Más que olímpicas

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