

“La muerte es una vieja historia y, sin embargo, siempre resulta nueva para alguien” Iván Turguéniev
La joven llegó al cementerio a las tres de la tarde. Le debía una manda a Elvirita Guillén. Iba a su gruta. Vestía una blusa de mangas cortas, minifalda de mezclilla y sandalias en la misma tonalidad. Era martes 27 de diciembre, y a esa hora el cementerio se hallaba casi desierto. Hacía calor, mucho calor, y el olor de las flores marchitas parecía acentuarlo. La joven caminaba pegada a los mausoleos buscando sombra. En algunas tumbas de niños se veían juguetes traídos por Navidad (los que aún no habían sido robados). Cuando se hallaba al interior de la gruta, arrodillada, dando gracias a Elvirita por los favores concedidos (ella había sanado a su hermana menor de una enfermedad incurable), un hombre la tomó por detrás, brutalmente, y le puso un cuchillo en el cuello. No grites o te corto el cogote aquí mismo, le dijo. Su voz era neutra, seca, aterrorizante, como si estuviera hablando un muerto, y su olor a cadáver era espantoso. Rodeándole el cuello con fuerza, la puso de pie y la obligó a caminar por los corredores del camposanto. Para esquivar a uno que otro visitante solitario, el hombre la hizo detenerse, tirarse al suelo, entrar y salir de varios panteones, mientras ella lloraba bajito y le rogaba que la dejara ir. Por favor, quédese con mi bolso y mi celular, le decía, pero déjeme ir.
Llegaron hasta uno de los mausoleos más antiguos, casi en ruinas, en donde una gran puerta de hierro forjado, toda oxidada, daba la impresión de que no se abría por años, pero cedió solo con empujarla. Ya en el interior, el hombre la hizo descender a empellones al subterráneo por una escalinata de madera astillosa. Abajo, la atmósfera era sofocante. En la penumbra, en medio de una fetidez irrespirable —el mismo olor a cadáver rancio de su atacante, solo que más denso—, la joven vio hileras de ataúdes a ambos lados, algunos deshechos y con los despojos mortales a la vista. En la losa del piso, entre basuras, escombros y arañas gordas, había un cochambroso colchón de plaza y media todo desbaratado y con algunos resortes al aire. Allí, el hombre la obligó a tenderse boca abajo, sacó un rollo de huincha de embalar de una mochila que guardaba entre los ataúdes, la amarró de pies y manos y le cubrió la vista con una vuelta completa alrededor de su cabeza. Como ella continuaba llorando y rogando que la dejara ir, terminó también por amordazarla con la misma huincha. Luego de manosearla un rato, salió a cerciorarse de que no hubiera nadie cerca. No quiero que nadie nos interrumpa, perrita, dijo con su voz de muerto viviente. Cuando entró de nuevo al sepulcro, el hombre se tendió a su lado y comenzó a restregarse contra ella jadeando y farfullando frases obscenas. Como ella trató de resistirse, le golpeó la cabeza contra uno de los ataúdes del costado y la amenazó con que si quería seguir con vida tenía que cooperar. Aquí yo soy tu dios, huachita, le dijo. Después le desató los pies, le subió la falda de mezclilla y le sacó el calzón, un calzón celeste, con encajes, que se llevó a las narices y se puso a oler con fruición. Acezando como bestia, puso a la muchacha boca abajo y se pasó largo rato ora oliendo el calzón, ora lamiéndole el ano. Después la puso de rodillas. Ponte en cuatro, le ordenó, se bajó los pantalones, se puso un condón y, atenazando sus carnes hasta el dolor, comenzó a sodomizarla brutalmente. Mientras lo hacía, la obligaba a que rezara. Que rezara en voz alta. Reza, pendejita gusto a leche, le susurraba roncamente. Rézate un avemaría.