El arco iris que se ve en el cielo se llama Watauineiwa. A él le piden los hechiceros yaganes y todos los que necesitan algo, porque Watauineiwa no castiga, sólo ayuda. Si uno mira al cielo cuando sale el arco iris, puede ver uno pequeño junto al grande: ese se llama Akainij y es el hijo del otro. Los dos son lo mismo. Cuando hay tempestad, se les pide que venga la calma. Y si hay un niño solo, sin padre, sin madre, las personas que lo tienen a su cuidado lo llevan ante Watauineiwa y Akainij, apenas se asoman, para que hable y pida: Yo estoy solo, no tengo padre, no tengo madre, no tengo hermano – así dice.

    Watauineiwa lo ayuda. Al otro día amanece en calma para mariscar. Se puede salir en la canoa y no falta el alimento. Es como si el niño hubiera pedido perdón para que todo esté bien en su tierra. El hechicero también salía de su ákar para rogar que mejorara el tiempo. En la misión de Douglas aún se veían estas costumbres de mi pueblo. Ellos son gente extraña, rara, pero tienen, como nosotros los británicos, capacidad para lo espiritual. A los yaganes les dijeron que Watauineiwa es como el padre de Jesucristo, y Akainij, su hijo. Así me contaron. Rezarle al arco iris es rezarle a Jesucristo. – Matahuakaiaká – me ayuda, dicen.

    Hoy día, ¡qué!, no creen en nada. Todos mis paisanos dicen que son cristianos, pero no rezan ni van a misa. Bernardo sí que no creía. Una vez me dijo que su dios era la plata: ¡qué brutalidad más grande! Cuando no se sabe leer se puede decir cualquier cosa…, aunque a veces me pregunto cómo los antiguos sabían tanto, porque andaban pelados y no iban a la escuela, pero estaban hablándole a Watauineiwa.

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