

Pero el taxi avanzó tosiendo y traqueteando por delante de los peatones y Jasmine no pudo encontrar entre ellos a su propio yo infantil. De pronto, el taxi enfiló una calle tan conocida que, por un instante, el asombro la dejó sin respiración.
El taxista aminoró la marcha mientras Jasmine contemplaba los árboles de los jardines largo tiempo olvidados, pero recordados de repente con una irresistible claridad, como si hubiera abandonado Egipto justo la víspera. Súbitamente pensó que ojalá no se hubiera trasladado a El Cairo y hubiera arrojado a la papelera la inesperada carta que había recibido en su despacho de Los Ángeles unos días atrás con aquel críptico mensaje: «Doctora Jasmine Van Kerk, ¿puede usted venir a El Cairo inmediatamente? Es urgente. Hay un asunto de su herencia que debemos discutir». Se la había enviado un abogado de un prestigioso bufete situado en una de las mejores zonas de El Cairo. Le recordaba de su infancia, cuando vivía en aquella calle llamada de las Vírgenes del Paraíso.
Era el abogado de la familia y, al parecer, lo seguía siendo. Debes ir-le había dicho su mejor amiga Rachel, médica como ella-. Nunca podrás vivir tranquila hasta que te reconcilies con tu pasado. Tú finges ser feliz, Jas, pero yo sé que por dentro siempre estás triste. Puede que ésta sea una buena señal, una ocasión para liberarte de tus demonios.
Jasmine telefoneó al abogado para pedirle más detalles, pero éste sólo le dio una vaga respuesta: -Lo siento, doctora Van Kerk, pero esto es demasiado complicado para discutirlo por teléfono. Por favor, ¿puede trasladarse a El Cairo? Es de la máxima importancia.
Jasmine hubiera deseado preguntarle quién había muerto, pero se contuvo porque no quería que la tragedia enturbiara su nueva vida en California. Si fuera la temida noticia de la muerte de su padre o de Amira, prefería recibirla en El Cairo, asimilarla en aquella ciudad y dejarla allí para poder regresar a los Estados Unidos y a su futuro.
-Pare aquí, por favor -le dijo al taxista, y el vehículo se detuvo bajo un dosel de viejos álamos que asomaban por encima de un impresionante muro de piedra. Detrás del muro, apenas visible, se levantaba una enorme casa rodeada por un tranquilo jardín, un espectáculo más bien insólito en la congestionada y superpoblada ciudad de El Cairo. Mientras contemplaba la mansión de color de rosa de tres pisos, con sus ornamentados balcones y sus ventanas con celosías de madera, Jasmine experimentó una repentina oleada de emoción y pensó: «Éste es el lugar donde yo nací. Aquí exhalé mi primer respiro, derramé mi primera lágrima, reí por primera vez».
«Y aquí fui maldecida, desterrada de la familia y sentenciada a muerte.»