

El buen uso del lenguaje es importante a la hora de dialogar. Solo con claridad de ideas podemos ser justos con las personas. Cuando usamos los términos “integro” e “intransigente”, si no afinamos el sentido común, podemos cometer errores difícilmente reparables. Porque no es lo mismo ser íntegro que intransigente.
La integridad se refiere a la persona en cuanto a su constitución física, psíquica o espiritual y moral. La integridad intelectual y moral es la constancia en su pensar y actuar en conformidad al bien y la verdad. De una persona íntegra esperamos siempre que dirá la verdad, será honesta y no hará daño injusto a nadie. En la defensa de sus posturas, debido a su mente bien ordenada, será siempre claro, preciso, armónico. De una persona de esta naturaleza uno se puede fiar siempre.
La intransigencia es una especie de esclerosis moral en relación con los demás. Porque el intransigente puede, -para sí mismo- ser muy íntegro y exigente en las palabras y en los hechos. Su rigidez le puede desbocar ante el prójimo que no comparte sus ideas y sus acciones. Un sujeto de esta compostura mental se hace realmente insoportable al tratar de exigir a los demás lo que cree exigirse a sí mismo. Peor aún, el intransigente, en ocasiones se convierte en un dictador que no acepta diferencias en los demás, con lo que pretende convertirse en inconmovible modelo que no solo hay que admirar, sino que necesariamente seguir en todo.
Para la convivencia humana en paz y armonía necesitamos hombres íntegros, pero al mismo tiempo transigentes, tolerantes, flexibles y misericordiosos. Precisamente porque somos personalidades distintas en conocimientos, apreciación y comprensión del mundo, debemos tender a ser fiables personalmente, pero no exigentes con los demás a partir de nuestras propias percepciones, comprensiones y exigencias.
Un mundo en que todos fuéramos íntegros sería una maravilla. Pero un mundo en que nos convirtiéramos en intransigentes sería inhabitable.