

Es difícil hoy día alimentarse correctamente. Por todos los canales de comunicación disponibles, que son una cantidad enorme, nos llegan los sabios consejos de estos profesionales de la nutrición, emparentados con los ecologistas y los amantes de la naturaleza pura. Según ellos hay que tener precauciones infinitas sobre la ingesta de alimentos que, por diversos motivos pueden deteriorar nuestra salud, advirtiéndonos la proporción de proteínas, carbohidratos y los productos convenientes de la tierra, el mar, el mundo animal y sobre todo de las elaboraciones industriales de preparados que nos ofrecen en tentadora promoción supermercados y tiendas especializadas. Sus veredictos sobre bebidas alcohólicas y efervescentes son generalmente aterradores. Hay que convertirse al agua y menguar las viñas.
Como consumidor habitual de redes electrónicas, voy incrementando mis conocimientos culinarios, aunque para ser sincero conmigo mismo y con mis lectores, hago relativamente poco caso de sus sapientísimos consejos, lo que podría traerme consecuencias fatales para mi salud futura. Hasta ahora he resistido 87 años comiendo de todo y bebiendo de casi todo, excepto drogas.
Me advierten que no es bueno comer ajo y cebolla, porque provocan malos olores, evitar el consumo de grasas porque engordan, azúcar y sal porque producen enfermedades como la diabetes o la alta presión, y hasta ciertas frutas y verduras tienen importantes déficit de proteínas que necesitamos para sobrevivir. He visto con horror que hasta nuestras apetecibles paltas (aguacates) también han sido puestas por algunos en el index rerum prohibitarum, (alimentos sospechosos de mortalidad inminente).
Hasta el día de hoy me he mantenido fiel a la receta de Don Ramón, el viejo medico de mi pueblo que a todos nos recetaba aire, sol y jamón, como elementos primordiales para nuestra alimentación tanto culinaria como espiritual. Y, creo que gracias a que he seguido fiel a sus sabios consejos, sobre todo en el consumo de jamón y todos sus similares, heme aquí que a los ochenta y siete junios que atesoro, no he tenido problemas con la ingestión de sapos y culebras, regados con buenos o mediocres mostos y sin mucho control ni medida de especias como el ajo, la cebolla, el ají, la pimienta, el cilantro, el comino y otras hierbas cuyo nombre ignoro pero que incorporo ante cualquier insinuación de parientes y amigos.
Estoy llegando a la conclusión de que si sigo al pie de la letra lo que los eminentes nutricionistas me van recetando día a día, terminaré por comer unas pocas verduras, agua mineral y muy de vez en cuando servirme alguna carne o algún pescado, aunque sin exagerar. Para información de mis lectores, he decidido dejar de leer tanta recomendación sabia sobre el futuro más saludable, dado que hasta ahora, gracias a Dios gozo de una salud razonablemente buena, sin guiarme por tanta pauta restrictiva y amenazante de tanto sabio suelto. Seguiré comiendo lo que me gusta, naturalmente sin exagerar en nada, sobre todo brindando con tinto y blanco, que tanto alegra el corazón del hombre como subraya con toda sabiduría la palabra de Dios desde la Biblia y aceptando participar en el banquete de la vida.