Investigaciones ampliamente interdisciplinarias han revelado que, en todos los tiempos, lugares y culturas, el ser humano ha anhelado conservar la propia existencia más allá de la muerte, así como alcanzar la inmortalidad, ya sea por medios religiosos, ascéticos o extáticos. ¿Es la esperanza en la vida eterna un acicate vital?

    El ser humano es el resultado de la fusión de dos células, de un patrimonio genético mínimo. Todo lo que necesita para la vida se forma en el cuerpo de la madre durante los nueve meses anteriores al nacimiento. La pregunta de adónde va a parar la energía que cada ser humano encierra en sí una vez que ha muerto preocupa a la humanidad desde el origen de su existencia. El ser humano se prepara en el vientre de su madre para su vida en la Tierra, y mientras se prolonga su existencia se prepara para el mundo del más allá. Todo lo que necesita debe adquirirlo en este mundo. Éstas son las interpretaciones más usuales de casi todas las religiones, y todas ellas vienen determinadas por la esperanza de que exista algún tipo de vida después de la muerte.

    Pero no sólo las religiones, sino también las creencias populares, parten de la idea de que hay vida después de la muerte. Todas las civilizaciones cuentan con historias de muertos vivientes, de zonas y lugares por donde vagan fantasmas, que suelen aparecer a medianoche. Las Iglesias católica y anglicana luchan contra este fenómeno por medio del exorcismo, cuya finalidad es conseguir que las almas «torturadas» encuentren la paz. Con ese ritual reconocen la existencia de los muertos vivientes como una parte significativa de su dogma.

Enigmas de la Humanidad – H. Genzmer / U. Hellenbrand

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