Al pretender renovar la licencia de conducir en pleno verano, se me ocurre cambiar la municipalidad (ayuntamiento) en que hice la última, en la creencia de que el trámite pudiera ser más expedito y cómodo al tratarse de una población menor y tal vez menos burocrática. Con la mayor amabilidad me dicen por teléfono que el trámite es lento. Aparte de presentar solicitud, carnet anterior fotocopiado por ambos lados, certificado de residencia y Rut(DNI), el trámite exige una entrega de carpeta de antecedentes que demorará entre treinta y cuarenta días. La funcionaria me añadió que esa era la norma actual impuesta por el Seremi (delegado presidencial) de la región.

    Quedo ingratamente sorprendido con este periplo que me impone la burocracia local, que me hace retroceder cincuenta años, cuando no existían internet, digitalización, archivos relacionados, instantaneidad de los datos que obran en manos del gobierno central, donde los papeles tienden a desaparecer y con mayor razón las carpetas que contengan los antiguos papiros. Ante mi admiración y respeto por la funcionaria, le hago un suave reclamo ante esta exigencia fuera de tono en pleno siglo XXI en que las carpetas van desapareciendo del planeta, entre otras razones, por ser redundantes e innecesarias y para evitar el derroche contaminante de las mismas.

    Se me vienen a la mente olvidados recuerdos de aquellos cartapacios en que antaño uno coleccionaba cartas, facturas, declaraciones, documentos de tipo académico como los apuntes de clases, las listas y notas de los alumnos, los trabajos y las cuentas pagadas y por pagar, los cheques del banco los bocetos de libros, escritos a máquina, y los distintos contratos de servicios, compraventas, declaraciones de impuestos y otras actividades de las que había que dejar constancia por escrito, con timbres y sellos, tarjetas de visita y cartas de distinta naturaleza. Era el tiempo de las carpetas que ocupaban buena parte de nuestra biblioteca personal o que había que conservar en caja fuerte o en los gigantescos archivos de bienes públicos o en notarías y conservadores de bienes raíces.

    Para viajar teníamos que llevar consigo una carpeta con los pasajes, billetes, reservas de hoteles, cheques bancarios, permisos del consulado correspondiente y desde luego cartas de presentación y cuadernos con listados de teléfonos y direcciones, carretes de fotografía y otros muchos elementos que ya se nos van borrando de la memoria. Hoy, para estar o para viajar, basta con tener a mano un celular (móvil) que lo contiene todo y le sobra espacio para archivar cualquier exigencia que se nos venga a imponer por las autoridades más o menos responsables de países desarrollados o encaminados a serlo.

    Resolví volver a mi moderna municipalidad capitalina donde en apenas diez minutos me tomaron una foto, me hicieron unas pruebas de pulso, vista, oído y reflejos y en otros cinco minutos, mi nueva licencia estaba lista, aunque solo fuera por un parde años, ya que la autoridad ha decidido que a los ochenta y ocho, no hay que facilitar demasiado los permisos. Si el señor seremi de San Antonio llegara a leer esta ginesería, le rogaría que, por favor no la encarpete. Puede leerla y borrarla en su móvil personal. Mucho más práctico y menos contaminante. Y, desde luego, no volveré a molestar a ningún funcionario bajo su batuta, mientras tenga una municipalidad que vive en el primer cuarto del siglo XXI.

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