Al igual que las personas, las lenguas nacen, crecen y mueren. Las mejores permanecen en el tiempo y las otras van pasando poco a poco al inmenso foso de la arqueología expresiva. Aquí la selección natural juega un papel definitivo. En nuestro mundo actual el chino, el español y el inglés pertenecen a la categoría de mayor resistencia, consistencia y sobrevivencia. Es este un hecho objetivo que, naturalmente nos hace sentir mejor a los que pertenecemos originalmente a alguna de estas corrientes o constantes comunicativas de la humanidad.

    Llamamos lenguas muertas a aquellas que ya no se hablan como se hablaron, aun cuando su legado profundo siga siendo el pilar sobre el que con todos los honores que la humanidad quiera brindarles en sus mausoleos mentales se van sobreponiendo en muchos lenguajes derivados de ellas. El latín y el griego clásico son reconocidas como las madres de nuestros idiomas occidentales, siendo naturalmente baluartes que deben tener en cuenta los hombres cultos que, en definitiva, imponen la categoría de las lenguas de mayor extensión y acogida en la humanidad. El español y el inglés son sus principales depositarias. El comercio y la literatura escrita son los grandes jueces que van definiendo la sobrevivencia de los lenguajes que adquieren y mantienen categoría de universalidad, mientras el resto, más temprano que tarde irán muriendo lenta pero seguramente Hay, además, una colección de lenguas llamadas indígenas, originarias o ancestrales que solamente tendrán cierta vigencia mientras existan tribus que las sigan usando para andar por casa, ya que para andar por el mundo, se ven obligados a entenderse con los habitantes del planeta con solo aquellas que se han impuesto por las muchas razones que el tiempo y los expertos puedan reseñar.

    En la educación del hombre moderno, sea de la condición y raíz biológica que sea no se puede prescindir de las lenguas vivas, vigorosas, bien fundadas en el pasado y bien abiertas a las necesidades del porvenir. Por cierto, que el estudio de las grandes lenguas muertas siempre será un soporte cultural del que no se puede prescindir, pues su valor es significativo, mientras que de las otras muchas- miles- que en el planeta todavía vegetan a distinto nivel y con distinta categoría más bien habrá que ir relegando para no entorpecer el conocimiento, la comunicación y el intercambio que el mundo global requiere.

    A propósito de las exigencias autoritarias de quienes quisieran embutir las lenguas mortecinas en los currículos vivos de la sociedad, deberán pensar antes de decidir políticas en el sentido contrario de la aguja del tiempo. No hay que confundir la historia con la lingüística en el proceso del humano aprendizaje. Si nuestros jóvenes apenas si entienden y saben expresarse en la lengua viva y universal, ¡cómo van a perder el tiempo en balbucear hablares que ya están catalogados en la zona de los mortecinos!

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