

**El derecho a la valentía
En 1816, el gobierno de Buenos Aires otorgó el grado de teniente coronel a Juana Azurduy, en virtud de su varonil esfuerzo.
En la guerra de la independencia, ella había encabezado a los guerrilleros que arrancaron el cerro de Potosí de manos españolas.
Las mujeres tenían prohibido meterse en los masculinos asuntos de la guerra, pero los oficiales machos no tenían más remedio que admirar el viril coraje de esta mujer.
Al cabo de mucho galopar, cuando ya la guerra había matado a su marido y a cinco de sus seis hijos, también Juana murió. Murió en la pobreza, pobre entre los pobres, y fue arrojada a la fosa común.
Casi dos siglos después, el gobierno argentino, presidido por una mujer, la ascendió al grado de generala del ejército, en homenaje a su femenina valentía.
**Olga Y él – 1936 Río de Janeiro
A la cabeza de su ejército rebelde, Luis Carlos Prestes había atravesado a pie el inmenso Brasil de punta a punta, ida y vuelta desde las praderas del sur hasta los desiertos del nordeste, a través de la selva amazónica. En tres años de marcha, la Columna Prestes había peleado contra la dictadura de los señores del café y del azúcar sin sufrir jamás una derrota. De modo que Olga Benário lo imaginaba gigantesco y devastador. Menuda sorpresa se llevó cuando conoció al gran capitán. Prestes resultó ser un hombrecito frágil, que se ponía colorado cuando Olga lo miraba a los ojos. Ella, fogueada en las luchas revolucionarias en Alemania, militante sin fronteras, se vino al Brasil. Y él, que nunca había conocido mujer, fue por ella amado y fundado. Al tiempo, caen presos los dos. Se los llevan a cárceles diferentes.
Desde Alemania, Hitler reclama a Olga por judía y comunista, sangre vil, viles ideas, y el presidente brasileño, Getúlio Vargas, se la entrega. Cuando los soldados llegan a buscarla a la cárcel, se amotinan los presos. Olga acaba con la revuelta, para evitar una matanza inútil, y se deja llevar. Asomado a la rejilla de su celda, el novelista Graciliano Ramos la ve pasar, esposada, panzona de embarazo.
En los muelles, la espera un navío que ostenta la cruz esvástica. El capitán tiene órdenes de no parar hasta Hamburgo. Allá Olga será encerrada en un campo de concentración, asfixiada en una cámara de gas, carbonizada en un horno.
Fuente: Eduardo Galeano