

*Fue
Elisa Lynch estaba cavando la tumba con las uñas. Los soldados vencedores, atónitos, la dejaban hacer. Los zarpazos de esta mujer alzaban nubes de polvo rojo y sacudían la rojiza melena que le llovía sobre la cara.
Solano López yacía a su lado. Ella, mutilada de él, no lo lloraba, no lo miraba: le iba arrojando tierra encima, inútiles manotazos que querían enterrarlo en la tierra que había sido su tierra. Él ya no era, y el Paraguay ya no era. Cinco años había durado la guerra.
Había caído, asesinado, el único país latinoamericano que negaba obediencia a los banqueros y a los mercaderes. Y mientras Elisa seguía echando puñados de tierra sobre el hombre que había sido su hombre, el sol se iba, y con el sol se iba este maldito día del año 1870. Desde la fronda del cerro Corá, unos pocos pájaros le decían adiós.
*Comuneras
Todo el poder a los barrios. Cada barrio era una asamblea.
Y en todas partes, ellas: obreras, costureras, panaderas, cocineras, floristas, niñeras, limpiadoras, planchadoras, cantineras. El enemigo llamaba pétroleuses, incendiarias, a estas fogosas que exigían los derechos negados por la sociedad que tantos deberes les exigía.
El sufragio femenino era uno de esos derechos. En la revolución anterior, la de 1848, el gobierno de la Comuna lo había rechazado por ochocientos noventa y nueve votos en contra y uno a favor. (Unanimidad menos uno).
Esta segunda Comuna seguía sorda a las demandas de las mujeres, pero mientras duró, lo poco que duró, ellas opinaron en todos los debates y alzaron barricadas y curaron heridos y dieron de comer a los soldados y empuñaron las armas de los caídos y peleando cayeron, con el pañuelo rojo al cuello, que era el uniforme de sus batallones.
Después, en la derrota, cuando llegó la hora de la venganza del poder ofendido, más de mil mujeres fueron procesadas por los tribunales militares.
Una de las condenadas a deportación fue Louise Michel. Esta institutriz anarquista había ingresado a la lucha con una vieja carabina y en combate había ganado un fusil Remington, nuevito. En la confusión final, se salvó de morir; pero la mandaron muy lejos. Fue a parar a la isla de Nueva Caledonia.
Fuente: Eduardo Galeano