

Me gustan los puentes. Sobre todo, los puentes romanos que permanecen robustos, solemnes, con sus grandes piedras cuadradas que con el tiempo se van poniendo color canela. Desde niño admiré los puentes San Martin y Alcántara, de Toledo y desde luego el puente del arzobispo que dio nombre a mi pueblo toledano. Para mí era el más largo y hermoso porque tiene once perfectos arcos. Los tres se encuentran sobre el rio Tajo y los tres han visto pasar la historia de España de norte a sur. Los tres simbolizan la unión de una nación que albergó a fenicios, griegos, visigodos, árabes, castellanos, aragoneses, andaluces, vascos, extremeños, astures y gallegos.
El mundo civilizado está lleno de puentes que cruzan grandes ríos y pequeños arroyos u hondonadas entre montañas que sirven para acortar distancias y para unir siempre a pueblos que sin ellos hubieran permanecido aislados de sus vecinos.
Hay puentes más modernos que no resisten las avenidas de torrentes de agua y otros que resisten cualquier tipo de trombas violentas. Unos y otros nos vienen a mostrar que no todas las civilizaciones han tenido la capacidad de enrostrar los embates de la naturaleza o de mantener estables relaciones físicas con sus vecinos. La geografía nos recuerda que fueron los romanos los grandes constructores de puentes -pontífices- y acueductos que han desafiado a los siglos sirviendo a los pueblos de Europa siempre unidos y capaces de llevar en sus hombros a los mercaderes, a los peregrinos y también a los ejércitos en tareas de conquista y reconquista.
Es muy natural que estas estructuras nos lleven a pensar en el plano moral y espiritual en nuestra condición humana creada para convivir o para con llevarnos, como dijera Ortega a propósito de catalanes y castellanos, en una siempre necesaria actitud de convivencia civilizada, con vocación de fraternidad o al menos de respeto. La política como arte de la convivencia humana necesita constantemente de la creación de puentes, acuerdos, conciertos, tratados o normas que permitan a los ciudadanos llevar la vida en paz, armonía, cooperación, comercio y peregrinaje en talante de un mutuo conocimiento y posible afecto.
Las guerras entre los pueblos suelen destruir los puentes. Los hombres de paz los construyen, reconstruyen y hasta los adornan para resaltar su simbolismo humanitario. Ojalá que nuestros puentes racionales, afectivos y espirituales fuesen tan solidos como los hechos por los romanos que siguen sirviendo a la humanidad como el mejor recuerdo de los pueblos unidos que todos anhelamos.