

*Trótula
Mientras las Cruzadas arrasaban Maarat, Trótula Ruggiero moría en Salerno. Como la Historia estaba ocupada registrando las hazañas de los guerreros de Cristo, no es mucho lo que se sabe de ella. Se sabe que un cortejo de treinta cuadras la acompañó al cementerio y que fue la primera mujer que escribió un tratado de ginecología, obstetricia y puericultura.
Las mujeres no se atreven a mostrar ante un médico hombre, por pudor y por innata reserva, sus partes íntimas, escribió Trótula. Su tratado recogía la experiencia de una mujer ayudando a otras mujeres en asuntos delicados. Ellas le abrían el cuerpo y el alma, y le confiaban secretos que los hombres no comprendían ni merecían.
Trótula les enseñaba a aliviar la viudez, a simular la virginidad, a sobrellevar el parto y sus trastornos, a evitar el mal aliento, a blanquear la piel y los dientes y a reparar de los años el irreparable ultraje. La cirugía estaba de moda, pero Trótula no creía en el cuchillo. Ella prefería otras terapias: la mano, las hierbas, el oído. Daba masajes cariñosos, recetaba infusiones y sabía escuchar.
*Prohibido cantar
Desde el año 1234, la religión católica prohibió que las mujeres cantaran en las iglesias. Las mujeres, impuras por herencia de Eva, ensuciaban la música sagrada, que solo podía ser entonada por niños varones o por hombres castrados. La pena de silencio rigió, durante siete siglos, hasta principios del siglo veinte.
Pocos años antes de que les cerraran la boca, allá por el siglo doce, las monjas del convento de Bingen, a orillas del Rin, podían todavía cantar libremente a la gloria del Paraíso. Para buena suerte de nuestros oídos, la música litúrgica creada por la abadesa Hildegarda, nacida para elevarse en voces de mujer, ha sobrevivido sin que el tiempo la haya gastado ni un poquito.
En su convento de Bingen, y en otros donde predicó, Hildegarda no solo hizo música: fue mística, visionaria, poeta y médica estudiosa de la personalidad de las plantas y de las virtudes curativas de las aguas. Y también fue la milagrosa fundadora de espacios de libertad para sus monjas, contra el monopolio masculino de la fe.
Fuente: Eduardo Galeano