

Leo a Heródoto, a Tucídides y a Jenofonte, historiadores griegos del siglo quinto y cuarto antes de Cristo, quienes me permiten acercarme en dos mil cuatrocientos años al sentir de quienes la humanidad considera los más cultos y sensatos héroes de la antigüedad. Es el tiempo de los grandes matemáticos, ingenieros y arquitectos, geómetras, educadores y filósofos que la humanidad admira como modelos del pensar y del vivir.
La gracia de leer autores tan antiguos y generalmente desconocidos para nuestros contemporáneos es que nos anticipan nuestra propia historia, las conductas y pensamientos muy similares que bien pueden servirnos de guía y de advertencia con el fin de no tropezar con las mismas piedras.
La guerra del Peloponeso es una narración que recuerda a quien lo quiera leer, lo que ocurrió durante unos treinta años entre los muchos pueblos que habitaban la Grecia clásica desde los confines sureños de Esparta hasta los límites de la Macedonia, así como desde el este de Troya y el Bósforo o al oeste de Corinto y las tierras sureñas de la Italia tarentina y siciliana.
Tucídides, además de ser excelente escritor fue un marino de guerra, especialista en gobierno de naves al servicio de Atenas. Es un testigo privilegiado a quien tenemos que creer, ya que presenció casi todo lo que narra, sumamente crítico y honesto en sus relatos sobre partidarios y adversarios.
Llama poderosamente la atención que en los relatos del historiador aparezca la guerra como el hecho más natural del mundo, al que todos los pequeños reinos o feudos que constituyen el continente y las islas del Egeo y del mar jónico están siempre dispuestos para participar en tiempos de primavera y verano en contiendas, mientras en el tiempo otoñal y de invierno se dedican a construir muros y naves, espadas y lanzas para ser utilizadas en las refriegas que están programadas para los tiempos de temperatura adecuada. La guerra es la normalidad en la vida cívica.
Llama igualmente la atención que las razones por las que unos y otros entran en conflictos primaverales con resultados alternados para el Ática y el Peloponeso están basados en la envidia, traiciones, insultos, discursos y robos que cambian la fortuna entre débiles y fuertes, vencedores y vencidos, como excusa permanente de interminables y destructivas peleas donde ambos bandos pierden personas, barcos y haciendas. Ganen o pierdan las batallas, los griegos al igual que nosotros acomodan sus odios entre los míos y los tuyos, entre la primavera y el invierno. Nada nuevo. Realmente la historia es la maestra de la vida en el pensar de Heródoto. En la actualidad se ignora fácilmente tanto a la historia como a los maestros. Por eso estamos condenados a repetir los errores y barbaridades del pasado.
En invierno nos armamos para acometer en primavera y verano. Siempre igual.