Casi todas las personas que me encuentro en la calle en mis paseos cotidianos -contemplo con estupefacción – van con ambas manos ocupadas, la frente inclinada y los ojos fijos en una pequeña pantalla que conocemos como celular o móvil. Solo excepcionalmente me cruzo con personas con los ojos abiertos de par en par contemplando el horizonte y cruzando una mirada desde la que surge un saludo espontáneo y a veces risueño.  Algunos son arrastrados por perros de distinto calibre, unidos por una cuerda y separados por un teléfono que solamente el humano utiliza en desmedro de la supuesta vinculación sentimental con la mascota que sacan a respirar y a estirar las patas por las veredas peatonales.

    No puedo menos que reflexionar sobre el sentido del caminar solitario, a veces en parejas, en que cada uno exhibe el susodicho artefacto que los vincula con alguien lejano, dejando de lado a quien le acompaña en el paseo en aparente coexistencia. Me pregunto, sin encontrar todavía respuesta: ¿Por qué saldrán acompañados, si en la práctica van separados por sendos artefactos electrónicos que los llevan por vericuetos ignotos, con personas ausentes físicamente, pero presentes en forma virtual? Si los perros pensaran, cosa que todavía mantengo como duda teórica, qué pensarán de sus amos que los sacan a pasear para sentir la compañía y muestran, pantalla en mano, que los ignoran en su caminar encadenado y en sus peripecias andariegas entre árboles, postes y descubriendo que también existen otros perros, igualmente cautivos e igualmente depreciados por sus amos que los atan sus celulares o móviles en una actitud en realidad inhumana. ¡Pobres canes! No saben bien lo que les pasa, porqué están cautivos, atados a una cuerda y sin posibilidad alguna de diálogo interanimal, interhumano o interlocucional con otros seres sintientes y semovientes.

    Pienso que el humano tipo medio, adherido a su celular, es un pequeño esclavo de la tecnología que le rodea en todas partes, incapaz de descubrir que es un individuo distinto, diferente, personal y propio, sometido a una cadena perpetua que mantiene en sus manos y que ata su cerebro a otros cerebros lejanos, olvidando que va transitando por un mundo donde existen los familiares, los amigos y hasta sus queridas mascotas. Algo extraño está pasando en nuestro mundo, tan necesitado de vincularse con los próximos y tan obsesionado con relacionarse con los lejanos. Me gustaría encontrar alguna respuesta que me venga a aclarar un poco mi situación de escepticismo, hesitación y espanto.

    Me he comprometido conmigo mismo a caminar sin llevar en mano el móvil o celular y caminar bien erguido mirando a mis semejantes y saludando con una sonrisa e incluso con una palabra deseando los buenos días y augurando el buen tiempo. Hasta ahora no me ha tocado ser reprendido por tan extraña conducta. Pienso que puedo estar equivocado, aunque también pienso que hago lo que tengo que hacer para hacer ver que soy humano.

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