La guía que nos introduce en Noruega desde Bergen a Oslo nos asegura que los habitantes de este hermoso país escandinavo eran pobres hace cincuenta años, encontraron petróleo y se hicieron inmensamente ricos. No por ello perdieron la cabeza ni sus autoridades ni su reducido pueblo, acostumbrados a la austeridad, a las temperaturas extremas, a los fiordos interminables, a las montañas destilando cataratas y a las naturales penurias que un clima extremo bien pudiera producirles. Un fondo soberano, – el segundo más grande del mundo- les permite hoy entregar tecnología, ciencia, educación, salud y movilización de primera categoría para todos, ampliando sus carreteras, embelleciendo sus ciudades, construyendo con un refinado gusto edificios para la colectividad como sus bibliotecas, museos, centros comerciales, embarcaciones y, desde luego, explotar con sabiduría su extraordinario país lleno de bellezas naturales y de gente afectuosa, trabajadora y por sobre todo honesta.

    Llama la atención la ausencia de policía o militares en sus calles, la total prescindencia de vallas o de rejas en las propiedades, la ausencia total de control en las maravillosas bibliotecas, con los libros a la mano, que todos pueden sacar y reponer, sin que se advierta nada más que el silencio de sus permanentes lectores adultos, jóvenes y niños, instalados en siete amplios pisos abiertos sobre el mar desde gigantes cristaleras que invitan a la reflexión y el trabajo intelectual.

    Utilizan constantemente los ferris, -todos parecieran recién estrenados, blancos y azules, que entran y salen como si fueran peces acostumbrados a navegar constantemente, que unen ciudades y pueblos por los fiordos que regalan al viajero una gama de verdes en bosques interminables. Ante tal despliegue de belleza, su gente no puede menos de ser agradecida, noble, sana, respetuosa, afecta a las artes y las letras y naturalmente próspera.

    Es la primera etapa de una gira largo tiempo esperada y ciertamente compensada con una experiencia verdaderamente extraña en un mundo exterior lleno de conflictos y desvaríos.

    Los noruegos son hoy, tal vez, los nuevos ricos de Europa y del mundo que mejor han sabido administrar su riqueza, uniéndola al regalo que Dios les hizo desde siempre colocándolos en el rincón norte del universo como viejos navegantes, pescadores y cuidadores de sus inagotables bosques que proveen casa y calor y por sobre todo infinita belleza. En Noruega todos lo saben. La riqueza bien administrada y bien compartida tiene como resultado un pueblo feliz, amable, responsable, honesto y seguro. ¿Se podría pedir algo así para el resto de la humanidad?      Reconozco que no me equivoqué al escoger Noruega como el comienzo de un viaje exploratorio en las cercanías de las auroras boreales.

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