*Peligrosa mujer

    En 1893 nació Mae West, carne de pecado, voraz vampiresa.

En 1927 marchó a la cárcel, con todo su elenco, por haber puesto en escena una invitación al placer, sutilmente llamada Sex, en un teatro de Broadway.

Cuando terminó de purgar su delito de obscenidad pública, decidió mudarse de Broadway a Hollywood, del teatro al cine, creyendo que llegaba al reino de la libertad.

    Pero el gobierno de los Estados Unidos impuso a Hollywood un certificado de corrección moral, que durante treinta y ocho años fue imprescindible para autorizar el estreno de cualquier película.

    El Código Hays prohibió que el cine mostrara desnudos, danzas sugestivas, besos lascivos, adulterios, homosexualidades y otras perversiones que atentaran contra la santidad del matrimonio y el hogar. Ni las películas de Tarzán pudieron salvarse, y Betty Boop fue obligada a vestir falda larga. Y Mae West siguió metiéndose en líos.

Frida – 1929. Ciudad de México

    Tina Modotti no está sola frente a sus inquisidores. La acompañan, de un brazo y del otro, sus camaradas Diego Rivera y Frida Kahlo: el inmenso buda pintor y su pequeña Frida, pintora también, la mejor amiga de Tina, que parece una misteriosa princesa de Oriente, pero dice más palabrotas y bebe más tequila que un mariachi de Jalisco.

    Frida ríe a carcajadas y pinta espléndidas telas al óleo desde el día en que fue condenada al dolor incesante.

    El primer dolor ocurrió allá lejos, en la infancia, cuando sus padres la disfrazaron de ángel y ella quiso volar con alas de paja; pero el dolor de nunca acabar llegó por un accidente en la calle, cuando un fierro de tranvía se le clavó en el cuerpo de lado a lado, como una lanza, y le trituró los huesos. Desde entonces ella es un dolor que sobrevive. La han operado, en vano, muchas veces; y en la cama del hospital empezó a pintar sus autorretratos, que son desesperados homenajes a la vida que le queda.

Fuente: Eduardo Galeano

Scroll al inicio