

El final de nuestro largo periplo por los países escandinavos y bálticos fue Berlín, la monumental ciudad de las historias tristes del siglo XX, grandiosa en sus monumentos de piedra sillar oscura y en sus gigantescas estatuas de monarcas de antaño, su espléndida puerta de Brandeburgo y sus espaciosas avenidas que mal recuerdan los desfiles gamados del líder, contrastan con los saldos siniestros de un muro de infeliz memoria que mantuvo las dos formas de vida que la humanidad se ha venido dando desde hace un par de siglos, la de la libertad y la de la esclavitud de cualquier género y color.
Reconozco que los recuerdos históricos me sobrecogen, al saber de la capacidad inteligente y trabajadora de un pueblo al que siempre he admirado en sus conquistas científicas y técnicas y en sus aportaciones al pensar filosófico, psicológico, político y teológico de la humanidad. Me desconcierta la convivencia memorial de tanto bien y tanto mal afincado en una ciudad que todavía no se repone de la barbarie de que fue objeto por propios y extraños, líderes de la inconsciencia moral de la humanidad, de hace ochenta años.
Una noticia de un buen amigo me advierte acerca del museo egipcio que acaba de inaugurarse y que conviene visitar. Lo hago con curiosidad de viajero y lector de los antiguos sumerios, persas, griegos y romanos que miraron a Egipto como sinónimo de lo portentoso y de lo eterno, gran mentor de la muerte y constructor de los más grandes monumentos que la humanidad ha creado para perpetuar a sus antepasados.
No me sorprende que, al fin los germanos de hoy hayan puesto a la vista lo mucho que recogieron de sus célebres arqueólogos y mecenas del país de las pirámides, de los templos gigantes esculpidos en la roca, de la esfinge, las ciclópeas estatuas y tantos códices guardados en la biblioteca de Alejandría. Quedo impactado ante la cantidad y calidad de los féretros de reyes y principales, estatuas de todo tamaño en piedra negra brillante de singular belleza con sus originales formas entre humanas y animales. Pero lo que culmina tanta exhibición de ornamentos, estatuillas, féretros, espadas y lanzas es la monumental escultura colorida de la inmortal Nefertitis, colocada en un salón obscuro, resaltada con una tenue iluminación, tal vez para acompasar el silencio y el respeto por la estilizada pieza realizada hace cuatro mil años por un gran alfarero o escultor cuyo nombre ignoramos, pero que es considerada una de las joyas de mayor valor del arte universal.
Después de haber conocido museos similares en Londres, París, Roma y Madrid, pienso que a los pobres egipcios solo les dejaron de recuerdo de su propia historia las pirámides y los grandes templos que, por su tamaño no eran transportables. Se llevaron hasta los maravillosos obeliscos que adornan las principales capitales de Europa. Tal vez algún día, con toda razón puedan venir los egipcios de hoy a reclamar al mundo que, por favor, les devuelvan, al menos parte de lo que les arrebataron para que sean ellos y no otros los que nos cuenten sus propias historias. En todo caso, hay que reconocer que muchos estudiosos alemanes hicieron el formidable trabajo de desenterrar tanta belleza. Para quien quiera revivir esas historias, recomiendo volver a leer “Dioses, tumbas y sabios” de Ceram. Un libro que hizo furor en los años cincuenta, que ayuda a recordar la historia de la humanidad.
Servirá para recordar la proeza de los arqueólogos y la riqueza de los egipcios. También para entender mejor el grandioso museo egipcio de Berlín, una verdadera joya para turistas calificados.