

*Isadora – 1916. Buenos Aires
Descalza, desnuda, apenas envuelta en la bandera argentina, Isadora Duncan baila el himno nacional.
Una noche comete esta osadía, en un café de estudiantes de Buenos Aires, y a la mañana siguiente todo el mundo lo sabe: el empresario rompe el contrato, las buenas familias devuelven sus entradas al Teatro Colón y la prensa exige la expulsión inmediata de esta pecadora norteamericana que ha venido a la Argentina a mancillar los símbolos patrios.
Isadora no entiende nada. Ningún francés protestó cuando ella bailó la Marsellesa con un chal rojo por todo vestido. Si se puede bailar una emoción, si se puede bailar una idea, ¿por qué no se puede bailar un himno? La libertad ofende. Mujer de ojos brillantes, Isadora es enemiga declarada de la escuela, el matrimonio, la danza clásica y de todo lo que enjaule al viento. Ella baila porque bailando goza, y baila lo que quiere, cuando quiere y como quiere, y las orquestas callan ante la música que nace de su cuerpo.
*Sarah
—Actúo siempre —decía—. En el teatro y fuera del teatro, actúo. Yo soy mi doble.
No se sabía si Sarah Bernhardt era la mejor actriz de la historia o la mayor mentirosa del mundo, o ambas cosas a la vez.
A principios de los años veinte, al cabo de más de medio siglo de monarquía absoluta, ella seguía reinando en los teatros de París y programando giras de nunca acabar. Ya rondaba los ochenta años, estaba tan flaca que ni sombra hacía y los cirujanos le habían cortado una pierna: todo París lo sabía. Pero todo París creía que esa muchacha irresistible, que arrancaba suspiros a su paso, estaba representando estupendamente a una pobre anciana mutilada.
Fuente: Eduardo Galeano