Leo al azar en el viejo libro sagrado de judíos y cristianos en su sección de sabiduría: “Tres cosas que desea mi espíritu: La concordia entre los hermanos, la amistad entre los vecinos y a los esposos bien avenidos”. Son deseos de valor universal que no dejaría de lado ninguna candidatura presente o futura en cualquier programa de gobierno. Ni en la izquierda, ni en la derecha, ni en el centro, creo yo, sostienen que es buena la guerra entre hermanos, vecinos o cónyuges. Es una constante de sabiduría universal que la guerra pequeña o grande es una desgracia y la concordia y la paz es una gracias que, hasta los más desprovistos de valores, comparten. Los que creen en el odio de clases no aceptan este principio de moral universal.

    Por contraste, el mismo libro de sabiduría, el Eclesiástico añade con el mismo talante: “Tres cosas que mi alma detesta: Al pobre orgulloso, al rico embustero y al viejo verde”. Lo que, traducido a lenguaje del siglo XXI, menos conciso que el hebreo antiguo y el griego clásico, diría que hay que detestar al que no teniendo bienes materiales, intelectuales o morales, presume de tenerlos, siendo pobre, ignorante o vicioso; igualmente hay que dejar de lado al que teniendo bienes es avaro, corrupto o cínico que es lo que proyecta el término de embustero y, finalmente, es motivo de particular repudio el viejo que sigue proyectando su incontinencia de ojos, palabras y acciones impropias en su relación con las encantadoras mujeres de otros prójimos.

    Por ancestral sabiduría reconocemos también, que estas repugnancias fijadas hacen tres mil años, siguen siendo válidas en nuestro mundo de orgullosos, corruptos e incontinentes que, siguen siendo por los siglos de los siglos responsables de esa maldad que daña la convivencia fraternal, de vecinos y de las mismísimas familias.

    Es recomendable revisar nuestras lecturas, las que hoy nos puede facilitar la inteligencia artificial y es muy posible que perfeccionemos nuestras mentes, pongamos en buen funcionamiento nuestro corazón y, desde luego, agradezcamos al autor de aquellos grandes principios que judíos y cristianos ofrecemos al mundo como directivas divinas de nuestra convivencia humana. Una vez más el libro sagrado se nos presenta al día de hoy, mostrando que los preceptos de ayer siguen vigentes hoy. Vale la pena hojear de vez en cuando lo que los hombres de fe llamamos “revelación divina”, muy útil, por cierto, para la ilustración y sobre todo, para guiar por buen camino la conducta humana.

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