La mayor parte de los hombres, ¡oh, Paulino!, se queja de la naturaleza, culpándola de que nos haya criado para edad tan corta, y que el espacio que nos dio de vida corra tan veloz que viene a ser muy pocos aquellos a quien no se les acaba en medio de las prevenciones para pasarla. Y no es sola la turba del imprudente vulgo la que se lamenta de este opinado mal; que también su afecto ha despertado quejas en los excelentes varones, habiendo dado motivo a la ordinaria exclamación de los médicos, “que siendo corta la vida, es larga y difusa el arte.” De esto también se originó la querella (indigna de varón sabio) que Aristóteles dio, que siendo la edad de algunos animales brutos tan larga, que en unos llega a cinco siglos, y en otros a diez, sea tan corta y limitada la del hombre, criado para cosas tan superiores.

    El tiempo que tenemos no es corto; pero perdiendo mucho de él, hacemos que lo sea, y la vida es suficientemente larga para ejecutar en ella cosas grandes, si la empleáremos bien. Pero al que se le pasa en ocio y en deleites, y no la ocupa en loables ejercicios, cuando le llega el último trance, conocemos que se le fue, sin que él haya entendido que caminaba.

    Lo cierto es, que la vida que se nos dio no es breve; nosotros hacemos que lo sea, y que no somos pobres, sino pródigos del tiempo; sucediendo lo que, a las grandes y reales riquezas que, si llegan a manos de dueños poco cuerdos, se disipan en un instante; y, al contrario, las cortas y limitadas, entrando en poder de próvidos administradores, crecen con el uso. Así nuestra edad tiene mucha latitud para los que usaren bien de ella.

    ¿Para qué nos quejamos de la naturaleza, pues ella se hubo con nosotros benignamente? Larga es la vida, si la sabemos aprovechar. A uno detiene la insaciable avaricia, a otro la cuidadosa negligencia de inútiles trabajos; uno se entrega al vino, otro con la ociosidad se entorpece; a otro fatiga la ambición, pendiente siempre de ajenos pareceres, a unos lleva por diversas tierras y mares la despeñada codicia de mercancías, con esperanzas de ganancia; a otros atormenta la militar inclinación, sin jamás quedar advertidos con los ajenos peligros, ni escarmentados con los propios. Hay otros que en veneración, no agradecida, de superiores consumen su edad en voluntaria servidumbre. A muchos detiene la emulación de ajena fortuna o el aborrecimiento de la propia. A otros trae una inconstante y siempre descontenta liviandad, vacilando entre varios pareceres, y algunos hay que no agradándose de ocupación alguna a que dirijan su carrera, los hallan los hados marchitos, y voceando de tal manera, que no duda ser verdad lo que en forma de oráculo dijo el mayor de los poetas: “Pequeña parte de vida es la que vivimos”, porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo.

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