Mucha ciencia y poco amor solo sirve para envanecer al que sabe que sabe, aunque la falta de amor, le reduzca lastimeramente su capacidad de conocimiento y ausencia de una sabiduría gozosa. Gran paradoja de la humana existencia, que las dos grandes potencias de que estamos provistos, – inteligencia y voluntad-, no siempre caminen unidas, más bien parecieran repelerse mutuamente. Muchos científicos de todos los tiempos fallaron en el ejercicio más grande y humilde que es el de añadir afecto a los que admiran y agradecen su ciencia. Paradojalmente otros hombres que amaron mucho no fijaron su mirada y ocupación en alcanzar o fomentar el conocimiento que otorga el trabajo científico.

    Por la ciencia el hombre busca la perfección que solamente en el amor se alcanza. Por lo mismo el hombre más perfecto será el que a su conocimiento corona con la práctica y sabiduría del saber amar. Nuestro espíritu nos lleva a estimar lo que conocemos y a conocer mejor lo que amamos. Pero nos deja en libertad sobre unir o no ambas inclinaciones y tareas.

    Quien conoce mucho tiende a ampliar aún más su conocimiento, sin advertir muchas veces que junto al saber que perfecciona la inteligencia, no debiera dejar al margen la instancia de la voluntad benevolente del afecto, que en su ejercicio constante eleva a la persona a una categoría superior de existencia. Conocer para amar y amar para conocer, he ahí la cuestión todavía no muy bien resuelta para la mayoría de los humanos. Este es el principio de la educación ideal.

    Conocer y amar lo conocido es el destino de la plenitud humana que muy pocos han logrado alcanzar en su peregrinaje por el tiempo y el espacio.      Hasta ahora solo se ha juntado en muy pocas personas. Dijeron de Tomás de Aquino, científico, filósofo y teólogo de la edad media, que él fue el más sabio de los santos y el más santo de los sabios. Es sabio el que sabe y es santo el que ama. No puede haber mayor elogio, si es que, a la hora del juicio universal, el juez supremo ratifica tan preclara sentencia dada por sus pares, sus discípulos y sus fieles seguidores.

    La ciencia hecha con amor y por amor edifica, construye puentes, establece nuevos ámbitos de sabiduría, contribuye a valorar lo adquirido y a seguir adquiriendo, para seguir gozando y regalando. El saber nos perfecciona, pero solo el amor nos hace perfectos. El ideal de la humana educación debiera plasmarse en un permanente equilibrio entre el saber y el querer, entre la ciencia y el amor. Una vez más san Agustín, -otro de los sabios santos- nos regala esta brillante sentencia que se coloca en la perspectiva de la máxima sabiduría: “El amor es una perla preciosa que, si no se tiene, de nada sirve el resto de las cosas, y si se posee, sobra todo lo demás”.

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