Este símbolo, que aparece sobre los pilonos o las puertas de muchos palacios y templos egipcios, es el emblema de las tres personas de la trinidad egipcia. Las alas, las serpientes y la esfera solar son las insignias de Amón, Ra y Osiris.

    En todas las naciones de la Antigüedad se dedicaban altares, montículos y templos al culto a la esfera del día. Todavía se conservan ruinas de aquellos lugares sagrados, entre las que destacan las pirámides de Yucatán y las de Egipto, los montículos de la serpiente de los indios americanos, los zigurat de Babilonia y Caldea, las torres redondas de Irlanda y los inmensos círculos de piedras en bruto de Gran Bretaña y Normandía. La Torre de Babel, que, según las Escrituras, se construyó para que el hombre pudiera llegar hasta Dios, fue, probablemente, un observatorio astronómico.

    Muchos de los primeros sacerdotes y profetas, tanto paganos como cristianos, eran versados en astronomía y astrología y sus escritos se entienden mejor cuando se leen a la luz de estas ciencias antiguas. Al aumentar el conocimiento del hombre sobre la constitución y la periodicidad de los cuerpos celestes, se introdujeron en sus sistemas religiosos los principios y la terminología astronómicos. Se adjudicaron tronos planetarios a los dioses tutelares y los cuerpos celestes recibieron los nombres de las divinidades que se les asignaban. Las estrellas fijas se dividieron en constelaciones, a través de las cuales deambulaban el sol y sus planetas; estos, con los satélites que los acompañaban.

Fuente: Manly P. Hall.

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