A propósito de la autoaceptación, principio fundamental para lo que hemos denominado “mantención y desarrollo de la salud mental”, existe un modelo terapéutico llamado Fisher – Hoffman, modelo del cual existe casi nula referencia en internet, ni siquiera he encontrado bibliografía actualizada. Sin embargo, en lo personal, pienso que posee un poder transformador radical. Para decirlo en palabras más entendibles y conocidas, este modelo propone una práctica de des condicionamiento o desaprendizaje de aquellas pautas conductuales, hábitos, rasgos y creencias que aprendimos o traemos de las figuras parentales y significativas que tuvimos en nuestra niñez.

    Partamos por el principio. Los seres humanos poseemos una cualidad neurológica llamada neotenia que nos diferencia radicalmente de otros mamíferos, consistente en un cierto desequilibrio o disarmonía entre el desarrollo físico que traemos al nacer y el desarrollo neurológico. Al nacer los humanos tenemos un cuerpo completamente desarrollado, tenemos brazos, piernas, órganos sensoriales, cerebro, pulmones. Sin embargo, el desarrollo neurológico no nos permite ser autónomos para alimentarnos, caminar, asearnos. Si no tenemos un adulto que atienda nuestras necesidades de alimentación, aseo, cuidados básicos, sencillamente nos morimos. Nuestro cerebro carece de la madurez que nos permita una vez nacidos poder ingresar nutrientes al organismo para seguir subsistiendo y creciendo. Un bebé de tres días de nacido obviamente no puede escoger su alimentación de manera autónoma. La mayoría de los mamíferos sí lo puede hacer. También las aves. Nace un potrillo y a las horas se podrá parar solo, podrá caminar, podrá acercarse vía instinto a su madre y buscar la manera de tomar leche y esto le permite crecer y desarrollarse. Los humanos no podemos ser autónomos en los primeros años de vida entonces los cuidados de las figuras parentales pasan a ser determinantes, de alto impacto, para bien o para mal. La teoría del apego ha venido a describir con más detalles esta dinámica, los humanos poseemos un precableado cerebral de alta sensibilidad a las pautas conductuales y creencias de nuestros padres, o personas significativas que nos acompañaron en nuestra primera niñez. Dado que somos altamente dependientes de un adulto para sobrevivir, nuestro cerebro, y nuestro cuerpo en general, posee alta sensibilidad al medio que nos tocó, un cerebro sugestionable al padre o madre que la vida nos envió, un cerebro virgen y en blanco que se empieza a nutrir del medio en que fue arrojado (por decirlo de una manera existencialista), una mente que comienza a estructurarse en base a los estímulos que ve y escucha. Hasta el momento este discurso teórico parece de toda naturalidad, nacemos en una familia, con figuras parentales que no escogimos, con un cerebro casi virgen, una tabla rasa, proceso que va desarrollándose imperceptiblemente en nuestra existencia y nos parece de toda normalidad y naturalidad irnos viendo que tenemos una manera particular de comportarnos, y una manera particular de pensar, una manera particular de sentir, de reaccionar, una manera de SER. Vamos pasando las etapas de la vida sin mayor autocrítica, sin mayor cuestionamiento a nuestra forma de ser. Una persona que nació y creció en una familia de creencias políticas X lo más seguro que desarrollará las mismas creencias políticas de sus padres o figuras significativas. Alguien que escuchó desde la niñez que las personas de pensamiento cercano a la centro derecha “son egoístas”, bueno existe una alta probabilidad que piense lo mismo. Alguien que nació en una familia religiosa tiene una alta probabilidad también de desarrollar hábitos y pensamientos religiosos cuando adulto. Alguien que tuvo un padre severo y castigador corre un alto riesgo de también ser un padre severo y castigador… (continuará)

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