

Reconozco que en mi tardía juventud carecí tanto de un buen oído como de un atento escuchar, dones que mi esposa, afortunadamente tenía en abundancia. Solo cuando ella, cincuenta años después- se trasladó hacia la gloria del cielo me quedé huérfano de ambas cualidades que tantas personas tienen razonablemente mientras yo he sido deficitario por esas cosas del destino que todos tenemos que aceptar, como taras de la existencia, con algo de humildad y una dosis de paciencia.
Hace ya doscientas ochenta y siete semanas que inicié estas gineserías y hoy releo la primera de ellas que titulé “Escuchando” y que, por ser la primera, la dediqué a Pilar, la mujer que tuvo la paciencia de quererme aun a sabiendas que yo era tan tardo en oír como en escuchar. Ya entonces mis oídos estaban fuertemente deteriorados y mis ejercicios de atención a lo poco que oía eran ciertamente lamentables.
Hago hoy esta pública confesión de dos de mis defectos, porque hace solo unos días, gracias a un tratamiento que providencialmente me propuso mi flamante otorrinolaringólogo, pasados apenas tres meses, de repente sentí que mis oídos se abrieron y empecé a oír como hace veinte o treinta años atrás, pasando de una especie de angustia, desasosiego y desencanto al verme privado de sentir a los demás, a un repentino descubrimiento de lo que son las palabras y los ruidos ajenos en mis tímpanos milagrosamente restituidos, aunque solo sea parcialmente. ¡Qué sensación de felicidad se me vino encima al percibir que de nuevo era capaz de oír, aunque debo seguir con la ayuda de unos excelentes audífonos. Naturalmente que esta ginesería, después de cinco años desde la primera, se la dedico al profesional que acababa de conocer hace solo unos meses, quien me vio, escuchó, auscultó, diagnosticó y sanó. Cuando volví a visitarlo, para agradecer su sabiduría y afecto, quedamos ambos en que agradeceríamos primero a Dios por su infinita bondad y después al doctor que hizo posible este pequeño milagro para uno entre sus muchos pacientes.
Naturalmente que no puedo dejar de nombrar a Pilar que, desde el cielo debe haber movido influencias y que ahora debe estar sonriendo ante este pobre esposo dejado en tierra cinco años atrás, que se ha convertido hoy en una especie de niño feliz por haber recibido tan gran e inesperado regalo.
Gracias a Dios, al doctor amigo y a Pilar por esta gracia recibida. Quienes quieran conocer más, pueden venir a verme, llamar por teléfono, enviar un email o un wathsapp, preguntar por el doctor y me sentiré más feliz aún. Pueden también regalarme una oración de gratitud, los que acostumbren a hacerlo o una simple sonrisa los que no se atrevan a tanto.
Naturalmente que el buen humor, que todavía no me abandonaba, se acrecentó con esta gracia y sospecho que ahora estaré aún más motivado para seguir gineseando hasta que la mente y el corazón lo permitan. Además de oír mejor trataré de escuchar más.
Humildemente solicito ayuda para incrementar este segundo propósito. Y desde luego daré los datos si es que los necesitan.