

*Resurrección de Camille
La familia la declaró loca y la metió en un manicomio. Camille Claudel pasó allí, prisionera, los últimos treinta años de su vida.
Fue por su bien, dijeron. En el manicomio, cárcel helada, se negó a dibujar y a esculpir. La madre y la hermana jamás la visitaron.
Alguna que otra vez se dejó ver su hermano Paul, el virtuoso. Cuando Camille, la pecadora, murió, nadie reclamó su cuerpo. Años demoró el mundo en descubrir que Camille no solo había sido la humillada amante de Auguste Rodin.
Casi medio siglo después de su muerte, sus obras renacieron y viajaron y asombraron: bronce que baila, mármol que llora, piedra que ama. En Tokio, los ciegos pidieron permiso para palpar las esculturas. Pudieron tocarlas. Dijeron que las esculturas respiraban.
*Emily – Ocurrió en Amherst, en 1886.
Cuando Emily Dickinson murió, la familia descubrió mil ochocientos poemas guardados en su dormitorio. En puntas de pie había vivido, y en puntas de pie escribió. No publicó más que once poemas en toda su vida, casi todos anónimos o firmados con otro nombre.
De sus antepasados puritanos heredó el aburrimiento, marca de distinción de su raza y de su clase: prohibido tocarse, prohibido decirse. Los caballeros hacían política y negocios y las damas perpetuaban la especie y vivían enfermas.
Emily habitó la soledad y el silencio. Encerrada en su dormitorio, inventaba poemas que violaban las leyes, las leyes de la gramática y las leyes de su propio encierro, y allí escribía una carta por día a su cuñada, Susan, y se la enviaba por correo, aunque ella vivía en la casa de al lado.
Esos poemas y esas cartas fundaron su santuario secreto, donde quisieron ser libres sus dolores escondidos y sus prohibidos deseos.
*Ellos son ellas
En 1847, tres novelas conmueven a los lectores ingleses.
Cumbres borrascosas, de Ellis Bell, cuenta una devastadora historia de pasión y venganza. Agnes Grey, de Acton Bell, desnuda la hipocresía de la institución familiar. Jane Eyre, de Currer Bell, exalta el coraje de una mujer independiente.
Nadie sabe que los autores son autoras. Los hermanos Bell son las hermanas Brontë.
Estas frágiles vírgenes, Emily, Anne, Charlotte, alivian la soledad escribiendo poemas y novelas en un pueblo perdido en los páramos de Yorkshire. Intrusas en el masculino reino de la literatura, se han puesto máscaras de hombres para que los críticos les disculpen el atrevimiento, pero los críticos maltratan sus obras rudas, crudas, groseras, salvajes, brutales, libertinas…
Fuente: Eduardo Galeano